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El humillante colapso de la Unión Soviética


Sergio Fernández Riquelme | 25/12/2021

Gorbachov era un presidente sin poderes y sin país. Los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el 8 de diciembre de 1991 el citado y final Tratado de Belavezha.

Se creaba la inútil y transitoria Comunidad de Estados Independientes (CEI), sin las repúblicas bálticas y anulando el aún vigente aunque testimonial Tratado de Creación de la Unión Soviética de 1922. La Unión Soviética había desaparecido de facto, y lo hizo de jure cuando Gorbachov dimitió el 25 de diciembre de 1991, la bandera soviética fue arriada del edificio del Senado en el Kremlin, y el Sóviet Supremo reconoció su extinción.

Finalmente, ante el asombro de los ideólogos izquierdistas, el miedo de la población étnica rusa y los intereses comerciales occidentales, terminó la historia de la Unión Soviética. Como señalaba Stephen Kotkin ante el derrumbe económico del sistema y la pérdida internacional de sus antiguos satélites (uno a uno), «desde su comienzo, la Unión Soviética afirmó ser un experimento socialista, una alternativa superior al capitalismo para el mundo entero. Si el socialismo no era superior al capitalismo, su existencia no podía justificarse».

Por ello, en su último discurso, Gorbachov escribía: «Queridos compatriotas, conciudadanos: Como consecuencia del escenario recién formado, la creación de la CEI, ceso mis actividades en el cargo de presidente de la Unión Soviética. Tomo esta decisión a partir de consideraciones basadas en principios morales. He apoyado firmemente la independencia, la autonomía de las naciones, la soberanía de las repúblicas, pero al mismo tiempo también la preservación de la unión del Estado, la unidad del país. Los acontecimientos han seguido un curso diferente. La política que prevaleció fue la de desmembrar el país y desunir el Estado, algo con lo que no puedo estar de acuerdo. Y después de la reunión de Alma-Ata y las decisiones tomadas allí, mi posición en este asunto no ha cambiado. Además, estoy convencido de que decisiones de esa envergadura deberían haberse basado en la consulta de la voluntad popular».

En 1989 se había derrumbado el Muro de Berlín, los antiguos Estados-satélite (de Polonia a Hungría) abandonaban progresivamente todo foro de cooperación con la antigua metrópoli soviética. Dos años después la Unión Soviética se desmoronaba finalmente, tras décadas de crisis ocultadas al mundo, y desprestigiada militar e internacionalmente por su fracaso en la invasión de la subdesarrollada Afganistán (1989) ante esos yihadistas barbudos (primero aliados de los Estados Unidos en la región y que posteriormente expandirían la yihad internacional), y por el estancamiento económico nunca superado desde el gobierno de Leonid Brézhnev. Y ante una nueva elite regional que cambió radical y rápidamente de bando (propensa a un nacionalismo etnicista que les beneficiará personal y familiarmente), el régimen se encontraba en un callejón sin salida.

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Una disolución acelerada tras el anunciado fracaso del proceso de uskoréniye (aceleración), glásnost (transparencia) y perestroika (reconstrucción) impulsado desde 1985 por el último presidente de la Unión Soviética.

«Lo que ocurrió con la Unión Soviética fue mi drama» y «un drama para todos los que vivieron en la Unión Soviética», recordaba años después Gorbachov. Intentó reformar el régimen pero «hubo traición a nuestras espaldas, a mis espaldas, quemando toda la casa para poder encender un cigarrillo, sólo para llegar al poder». Los golpistas que lo detuvieron no «pudieron alcanzar el gobierno por medios democráticos. Entonces cometieron un crimen. Fue un golpe de Estado». Y dimitió no por su fracaso sino por su lealtad, porque «estábamos en ruta a una guerra civil y yo quería evitarlo», ya que «el enfrentamiento y la división en un país como el nuestro, repleto de armas, incluyendo armas nucleares, podía haber causado numerosas muertes y causado una inmensa destrucción. No podía permitir que eso pasara. Renunciar fue mi victoria».

Sergio Fernández Riquelme: El renacer de Rusia. Letras Inquietas (Abril de 2020).

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Nota: Este artículo un extracto del citado libro

Imagen: freshu: Estatua abandonada de Lenin

 

Sergio Fernández Riquelme
Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.

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