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Introducción al emblema central-circunferencial entre los grandes pensadores


Patricio Shaw | 12/02/2021

«Dios es una esfera (intelectual) cuyo centro está en todos lados, y en ninguno la circunferencia suya», dice la clásica y célebre definición medieval. No podemos menos que hacer convoluciones: girar u orbitar en torno de un centro predominante de interés.

Convolucionaremos según estemos dispuestos y ordenados, y lo estaremos según seamos: luego, nuestra «esfera» será, para bien o para mal, un otro yo nuestro, una fórmula de cada uno de nosotros llevada al acierto o al desacierto. Santo Tomás explica qué sucederá en qué caso: «Como quiera que Dios es el primer principio del movimiento de todos los seres, algunos de entre ellos son movidos por Él de tal modo que también se mueven a sí mismos, como aquellos que están dotados de libre albedrío. Si estos seres permanecen en la disposición y el orden debidos para ser movidos por Dios, seguirán acciones buenas que se retrotraigan totalmente a Dios como a su causa. Pero si, al contrario, faltan al orden debido, sigue una acción desordenada, que es la del pecado; y así, lo que allí hay de acción, se retrotrae a Dios como a su causa, pero lo que hay de desorden o deformidad, no tiene a Dios por causa, sino al solo libre albedrío».

Lo tremendo es que la acción desordenada en cuanto acción recibe impulso de Dios mismo, único que da forma al alma. De allí se sigue el horror del pecado (de interferirlo a Dios mismo con desorden y deformidad); el horror, con ello, de todas las muchas y variadas convoluciones fallidas del hombre en torno de sí mismo o de un bien aparente, individual o colectivo; y por último el horror de las pretensiones del hombre que busca centralidad sin el concurso de Dios y fantasea y hace mucho de aberrante con el mundo.

Se podría objetar que algunos no tienen ningún centro bueno ni malo, eficiente ni deficiente: aquellos cuya ambición es la de la hoja muerta, que consiste en volar al viento. Pero ellos mismos tienen como centro moral descentrado la inercia y la muerte. Hay una ley implacable, que todas las cosas y ocurrencias de nuestro alrededor muestran regir hasta alturas infranqueables contra las cuales el hombre no puede sino quebrarse. Esta ley es que la libertad del hombre se inscribe en su dependencia. Pero lo que es necesario añadir inmediatamente, es que, así como la libertad pierde queriendo luchar contra esta verdad, también gana sometiéndosele.

En efecto, esta dependencia con relación a la naturaleza de las cosas y a Dios que la estableció y que se la debía, lejos ser el límite de nuestra libertad, se convierte entonces en su carrera. Porque, ¿cuál es el medio de nuestra dependencia? Es él mismo Dios, es la perfección sin término ni límite, es el infinito. Y nuestra libertad, ¿en qué consiste entonces? En desplegarnos en este medio, en hacernos participar en la naturaleza misma de Dios, en hacernos dioses, como se dijo: Ego dixi, dii estis.

¡Ciertamente! ¡he aquí una singular dependencia, que nos asigna por prisión el infinito! ¿Quién no ve que una tal dependencia es la esfera misma de la libertad, de la máxima libertad concebible, que es un reino, y el Reino de Dios, del cual sólo somos los feudatarios para convertirnos en los consortes?

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Fuera de esta esfera, que es la esfera de la verdad, el bien, de la belleza, de la vida, del ser, y por así decir el océano sin orilla donde vivimos, nos movemos y nos desplegamos, ¿que puede pasar a ser nuestra libertad? Obviamente, sólo tiene por parte lo contrario, el no-bien, la no-verdad, el no-ser, el no en todo, que es el límite más apretado, o más bien el escollo inevitable e ineludible de toda libertad: el mal, lo falso, lo feo, la muerte, la nada, todo lo que no es Dios, es decir, todo lo que no es, o que sólo es para el suplicio de una lucha horrible en la que se perece eternamente. Tales son todos los centros de convolución extraños al de Dios. ¡Todos! En cambio, dentro de la esfera intelectual divina, todos los puntos son centro, todo movimiento es bueno.

Lamentablemente, la esfera hace tiempo dejó de contar, entre las clases cultas eu-ropeas, como la forma intelectual cierta del mundo y como el emblema de la omnipre-sencia de Dios (a fortiori de su obra en la que se auto-incluye: la Humanación) para quedar en mero esquema mental, categoría práctica según la cual el hombre sale de su soledad puntual.

La circunferencia es uno de los primeros modelos interpretativos gracias a los cua-les el hombre organiza su hábitat, desde que él se preguntó por su identidad, su lugar y su tiempo. La esfera y el círculo corresponderían a una necesidad psicológica primordial de orientación. No obstante, una y otro dan orientación ante rem, in re y no post rem. Mal puede orientar algo que ha sido mentalmente fabricado por los hombres con pura posterioridad al entorno cuya espacialidad necesita un parámetro previo con que medirse, dirigirse y definirse. La misma correspondencia perfecta entre el círculo o circunferencia orientadores, por un lado, y la necesidad de ser orientado, por otro, destroza el mismo sofisma que se quiere insinuar: que ambos emblemas geométricos fueron inventados para el mejor manejo de la vida.

La circularidad y esfericidad son eternas y necesarias por confesión de quienes pretenden hacer de la necesidad de ellas un argumento contra su objetividad. La eternidad y necesidad del círculo se afirma por el mismo hecho de que la imaginación moderna retoma la antigua figura del Todo en modelos holísticos y hasta panteístas. Supuestamente desaparecida la verdad y el sentido mismo del mundo, hizo falta reparar esta herida inventando nuevos «mundos» subjetivos conscientes de su diferencia y de su separación con respecto de la realidad total… Parecen las bellotas que comía el hijo pródigo entre los cerdos…

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Dios sigue siendo el Centro por excelencia del hombre porque se dice que una cosa (algo que tiene entidad) es el centro cabal de otra cuando la primera es la que imprime a la segunda el ser, el poder, y todas las perfecciones, y cuando la primera es a la que están referidos y de la que dependen todos los movimientos de la segunda. Por eso se entiende esta «Cosa» divina como un punto que comanda a la «cosa» humana. Ahora bien, esto podría entenderse de una cumbre; no obstante, por ser omnipresente, la Primera «Cosa» es más íntima a toda cosa que cuanto toda cosa sea íntima a sí misma. De la divinidad de la «Cosa» que nos ha impreso el ser, y de la espiritualidad, libertad e inmortalidad nuestras, se deduce no sólo la obligación que tenemos nosotros de rendir culto al Ser Divino, sino la de dar por sentado que si Él nos ha hecho, nos ha hecho para que nos movamos hacia Él, y que no puede menos que haber dictado desde el principio, aunque en tres etapas (la primitiva y mosaica que son provisorias, y la cristiana que es definitiva), el modo como debemos movernos a Él, que sólo puede ser uno e infalible. Desconsiderar todo esto y separarse de Dios siendo uno alguien que piensa y quiere, o no buscar a Dios con fervor, y hacer de todos modos bando aparte, es matar la vida de Dios en uno mismo, en cuanto depende de uno, y es morir uno mismo en el más horrible y completo de los sentidos. Dios es el Centro.

¡Dios mismo ha convolucionado, en cuanto Humanado! Y así ha descrito una cir-cunferencia que desde un punto de vista menor está contenida en otra a la que contiene desde otro punto de vista mayor. La Creación contiene al Verbo Humanado en cuanto Hombre; pero el Verbo Humanado en cuanto Dios contiene y sostiene la Creación. Dice el cardenal de Bérulle: «Y en cierto modo el Verbo eterno vuelve a entrar en sí mismo de una manera que es propia y particular de su persona, cumpliendo felizmente este misterio y terminándolo divinamente con su propia subsistencia. (…) Y contemplando esta obra nosotros vemos, seguimos y adoramos al Dios eterno, tanto saliendo fuera de sí mismo como volviendo a entrar en sí mismo (…) de donde se sigue que Dios, en la circunferencia de sus obras, y en el movimiento de sus consejos, es como una Circunferencia admirable que se forma, terminando en el mismo punto del cual partió al comenzar».

Patricio Shaw: Sedevacancia: La espiral descendente del postcatolicismo. Letras Inquietas (Febrero de 2021)

Imagen: Thomas B.: Mosaico de Jesucristo

 

Patricio Shaw
Patricio Shaw es un escritor, filólogo, historiador y filósofo católico argentino.

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