Sin espada, sin cruz, sin virtud: la Europa invadida – Adáraga

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Sin espada, sin cruz, sin virtud: la Europa invadida


Carlos X. Blanco | 19/08/2020

El hombre europeo lo percibe en sus entrañas. Se trata de una sensación muy difícil de plasmar en palabras. Al hacerlo, los términos elegidos ya transportan ideologías, valores, creencias. Es inevitable que así sea. Y las palabras que emplea le califican, le señalan. El hombre europeo quiere, en lo más hondo, reaccionar, salvar aquello que, como verdadero hombre, a su vez le salva. Sus raíces, su fe, su identidad, incluso una estética.

El hombre europeo es portador de una inmensa y maravillosa estética. Pero cuando escoge las palabras y engarza un discurso defensivo, siente miedo a las consecuencias. Años largos de adoctrinamiento y reeducación le dicen: evita estos términos. Y el índice de términos prohibidos pesa sobre su cabeza, amenazante y tirano, aplastándole contra el suelo, abreviando su estatura. La ristra de los términos tabú es larga ya: héroe, esfuerzo, disciplina, voluntad, sacrificio, patria, perfección, lealtad, fidelidad, virginidad, devoción… Son tres los ámbitos antropológicos en donde gravitan y anidan estos términos.

Uno, la milicia. El hombre europeo se gestó en la milicia y la milicia fue la institución que vertebró a sus antiquísimos antepasados indogermánicos que, desde lejanas estepas, en su errar civilizador y batallador, se hicieron sitio en este apéndice de Asia llamado Europa. La milicia prehistórica indoeuropea fue la propia de una casta fundadora de la posterior realeza y vertebradora de un poder de los mejores, esto es, de la aristocracia en el sentido original. Sacerdocio y gente productora son órganos complementarios de una milicia dirigente a la que deben la vida, la existencia misma. Parte de los términos tabú sólo se admiten en la moderna milicia profesionalizada (disciplina, lealtad, sacrificio), y aún así con reservas, pues el hombre europeo adoctrinado casi se avergüenza de no haber dicho del todo, adiós a las armas. En todo caso la doctrina del nuevo orden mundial se cuida mucho de no hacer de la milicia un modelo de educación para la juventud, y la escuela y los medios de masas hacen cuanto pueden para adormecer todo ardor guerrero.

Segundo ámbito, la fe. Todas las civilizaciones mundiales pueden encontrar su alma y médula en una fe. El choque entre civilizaciones es el choque entre los credos (S. Huntington). Hoy en día regresa con fuerza la lucha entre el cristianismo y el islam. Pero el cristianismo ¿es la religión europea? En nuestras naciones, especialmente en la Europa de Occidente, ¿hay todavía una fe que nos vertebre? ¿Somos los hijos y herederos de aquel cristianismo gótico (Walter Schubart) o fáustico (Oswald Spengler) que dio nacimiento a la civilización europea? Son preguntas capitales, pero en un continente en avanzado estado de secularización, relativismo y nihilismo (Benedicto XVI), la capacidad de autodefensa parece bien mermada y es preciso formularlas. Sí, al hombre de Europa le falta la fe. La fe en el Cristo es también el sólido sistema de creencias que le permitía la cohesión familiar, tribal, nacional, la dignidad y trato igualitario de la mujer, la visión personalista del ser humano como ser dotado de valor infinito y con sentido trascendente…

Pero ¿qué residuo o sucedáneo de esto le queda? El sustituto de la fe cristiana del hombre europeo lo estamos viendo ya: la ideología y la manipulación de las masas. Se le ha dado gato por liebre. Un gato indigesto, un gato engañador, escurridizo, que se cuela en los rincones del alma para robarla a mordiscos, para alterarla con sus arañazos. La fe, la esperanza y la caridad podían ser aprendidas en casa, aun en el entorno de una clerigalla corrupta o de un estado despótico. La civilización pervivía con esa savia muy fuerte en medio del pecado y aun dando espaldas a un Dios que, si bien ofendido, siempre alentaba. Era tal su aliento divino que, como el viento al esparcir la hojas, descubría tesoros en el suelo y señalaba la virtud entre la farfolla de la moda ideológica, ayudando siempre al hombre a discernir. Pero hoy, ¿qué es la virtud? Hoy vivimos la inversión de todos los valores, esto es, el escarnio de la virtud. El educador de nuestros días sabe cuán peligroso le resulta exaltar y predicar la virtud y la excelencia, cuán ardua se tornará su carrera si no se muestra como un instrumento de los siniestros planes de Ingeniería Social. Como si de un verdadero anti-catecismo satánico se tratase, se impone la anti-biología (evidencias prohibidas llegan a ser afirmaciones como «los niños tienen pene y las niñas, vulva»).

Bajo el control de la Ingeniería se altera la realidad, negándola. Se ridiculiza al hombre de la tradición, guerrero o devoto, y más aún se hace burla y escarnio de la mujer. La mujer europea, precisamente en aquello que la inviste de plenitud humana, la maternidad, es objeto de burla. Ya no puede ser esposa amantísima ni devota madre sin que los ingenieros sociales la condenen, la ridiculicen, la arrojen al infierno de los reaccionarios cavernícolas. El progreso de Occidente consistió, pues, en destruir las familias haciendo de la mujer una trabajadora, como si tal cosa no lo hubiera sido desde la Prehistoria. Pero trabajadora al servicio de una plutocracia, no al servicio de ese reducto de libertad, a ese castillo infranqueable para cada europeo, incluso del pobre, que es su hogar.

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Tercer ámbito, la auto-perfección. La búsqueda de la excelencia, física y espiritual, ambas a la vez, en sinergia, en armonía, pues el hombre verdaderamente es una unidad. Esa unidad la sintieron nuestros ancestros, los griegos de la época clásica. Al contemplar esas estatuas, imágenes sublimes de dioses, de héroes, de hombres, en su desnudez serena, pletórica, el hombre europeo deformado de hoy siente nostalgia. Una nostalgia que significa precisamente dolor por una pérdida, la pérdida del nido del que procede. Es el hombre europeo de hoy un pajarillo caído de su nido, con las alas rotas, sin contacto con la madre, arrastrado por el suelo. Por eso es nostálgico y siente un inmenso dolor al ver que en aquellos músculos de piedra –geométricamente estudiados por el artista clásico- hay todo un ideal que ya no comparte. Homero le parece extraterrestre y su areté es peligrosa para los Santos Oficios del progresismo de hoy. Homero llegará a estar prohibido en la Europa multicultural, en cuanto la proporción de sarracenos supere a la de nosotros, los gentiles. Si la Cruz quedará relegada pronto, en virtud del laicismo oficial, a un ámbito privado, otro tanto se dirá de nuestra escultura clásica y de nuestro Homero. La Europa multicultural es, en realidad, la Europa sin defensas espirituales ante el islamismo, y ese islamismo supone, entre otras cosas, una reacción iconoclasta. Veremos la ocultación de las desnudeces de la piedra esculpida, y la condenación de los grandes estilos y formas de nuestra civilización. El estudio de las lenguas clásicas, latín y griego, es hostigado, casi proscrito, desde muchos ámbitos. El recuerdo, hoy, sólo el recuerdo, de nuestra procedencia griega, latina y cristiana, produce incomodidad, sonrojo, apuro. Mañana estará prohibido, pues será un mañana hegemónico para el musulmán.

La milicia, la fe, el espíritu de auto-perfección. Estos son los tres ámbitos antropológicos donde se puede comprobar cuán grande ha sido la mutación del hombre europeo. Los tres ámbitos en los que nuestra civilización decae precisamente porque el hombre europeo está desvaneciéndose, dejando de ser el que siempre fue. Una vez completado el proceso, es accidental que aparezca el bárbaro. En los márgenes externos de una civilización, tanto como en los márgenes internos (el bárbaro interior de las grandes urbes del continente), aparece siempre el enemigo, el invasor. Y sobre el cadáver de una civilización (que Spengler llamó pseudomorfosis) surge siempre el heredero de los despojos de esta civilización. El cambio de tipo humano supone también una mutación en el alma y una drástica transformación estética. En las selvas de asfalto, vidrio y hormigón que son las ciudades europeas, esas islas de civilización que representan unas agujas de la catedral gótica o unas columnas de órdenes helénicos de algún edificio oficial, ya producen en el europeo de hoy un efecto cercano al exotismo y desconsuelo. Le chirría a los ojos, y su corazón no los comprende.

La sustitución demográfica, el reemplazo étnico, es la consecuencia de las transformaciones económicas y geopolíticas aceleradas tras la Segunda Guerra Mundial. Estas transformaciones, dirigidas por potencias exteriores a la propia Europa, ante su hundimiento y destrucción, mueven por sí mismas una serie cambios radicales en la conciencia y el modo de ser europeos. Estos cambios de conciencia y actitud, a su vez, son pastoreados por intensísimos proyectos de ingeniería social. Es una posición a la vez perezosa e ignorante limitarse al hecho de que estamos siendo objeto, sin más, de una invasión y sustitución de tipo étnico. Se ha de considerar, simultáneamente, las causas subyacentes del fenómeno o, al menos, el conjunto de fenómenos que necesariamente se relacionan con tal sustitución e invasión. Ningún pueblo emigra en masa de su tierra de origen sin una violencia estructural (como decían no hace mucho los neomarxistas) que les impulsa a hacerlo. La tendencia natural de la gente es la de quedarse en su patria y luchar por sacarla adelante. Estas oleadas no son fenómenos naturales. No hay futuro para África salvo que su propia gente se quede cerca del hogar, resuelva sus propios conflictos étnicos, económicos, políticos, ecológicos, religiosos etc. Ninguna solución le otorgamos al continente africano vaciándolo de sus gentes, atrayéndolas hacia aquí, convirtiendo nuestras ciudades y estados en campos de acogida.

Continuar por este camino supone tener dos problemas en lugar de uno solo: el abandono de África (y lo dicho se extiende a otras regiones deprimidas del mundo) y la africanización de Europa. Pero es que, además, tampoco es natural que las poblaciones europeas de acogida, anfitrionas o receptoras, acepten de buena gana una llegada masiva de personas que sólo en porcentaje ínfimo van a poder incorporarse al tejido productivo, convirtiéndose los recién llegados desde el primer momento en perceptores de ayudas, subsidios o subvenciones. El efecto económico de tales invasiones masivas es de sobra conocido, cuando no ha sido directamente buscado por las oligarquías. El valor de la fuerza de trabajo, traducible en salarios, se desploma automáticamente con la llegada de un extra de demandantes de empleo, destrozando las horquillas en las que tradicionalmente se movían los salarios de los nativos europeos en cada categoría profesional. De otra parte, el acceso a las ayudas, los subsidios, las subvenciones, por parte de la población local siempre se hace en entornos competitivos: beneficiar a unos es perjudicar a otros. En contra de la mentalidad progresista, hay que recordar que los recursos económicos siempre son escasos, y cuando se habla, demagógicamente, de derechos para todos, renta universal y demás totalizaciones de ese jaez, hay que descifrar el mensaje. ¿Quiénes conforman ese todos? ¿Ya no existe un nosotros y un ellos? ¿Qué hace que el otro se ponga por delante de mí o de los míos para poder tener derecho a unas rentas? ¿Por qué tenemos que ser todos, ya, un tercer mundo?

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La visión conspiratoria de la geopolítica mundial puede lindar con la patología mental (la paranoia) o aproximarse mucho a la verdad misma. No tiene nada de paranoico constatar, desde el punto de vista histórico, que el continente europeo se ha hundido en lo económico, lo político y lo moral desde 1945. La derrota del nacionalsocialismo (no sólo la derrota de Alemania, sino la de todos los aliados europeos del Tercer Reich) coincidió con la derrota de la propia Europa como sistema equilibrado de potencias. Este sistema equilibrado de potencias, en cuyo seno las guerras se sostenían bajo control, evitando la destrucción total de la comunidad de naciones, fue consecuencia del capitalismo de tipo imperialista. Las dos guerras mundiales, en realidad, dos pulsaciones de autodestrucción de la comunidad de naciones europeas, sirvió para dar acceso a la hegemonía mundial de otras nuevas potencias, ajenas a nosotros: Estados Unidos y Unión Soviética (hoy, Rusia), y la descolonización de lo que hoy llamamos tercer mundo, foco de miseria pero también cuna de nuevas potencias emergentes.

Ante la invasión migratoria de nuestros días, debemos reflexionar gravemente, en términos de futuribles y decirnos: ¿qué hubiera pasado si Europa no se hubiera hundido y autodestruido de forma tan bárbara en 1939-1945? ¿Qué habría ocurrido con una reorientación más filantrópica y paternal de las colonias europeas? Pensar en términos de futuribles es legítimo, en contra de lo que se suele decir, no en orden a la modificación de un pasado sino con vistas a prever el futuro. Empresa imposible y absurda es modificar el pasado, pero no es tan vano el empeño si el futurible se emplea para enderezar un curso alternativo de fenómenos futuros una vez conocidos los eslabones previos de la cadena. Al comienzo de este ensayo señalábamos tres ámbitos antropológicos de degeneración del hombre europeo, y en esos tres ámbitos hay antecedentes bien claros:

1. Decaimiento del espíritu marcial: Europa ha vivido bajo la bota yanqui y bolchevique durante su postguerra y ha encogido a un mínimo sus ejércitos nacionales, subordinándolos al paraguas protector y a la obediencia de organizaciones extra-europeas (OTAN y, cuando existía, Pacto de Varsovia). Para suprimir impulsos belicistas, los jóvenes europeos han sufrido un programa de reeducación en el pacifisimo. La ideología pacificista coincide, punto por punto, con el acceso a la hegemonía de esos grandes ejércitos imperiales, no nacionales, y siempre extraeuropeos (como, en nuestro Occidente, la OTAN).

2. Decaimiento de la fe cristiana. La intensa campaña de secularización de nuestras sociedades europeas cuenta con muchos millones de dólares y euros, y figura incluso en las agendas de muchos partidos y lobbies que se declaran a sí mismos como de derechas, en todas sus vertientes (liberal, conservadora, democristiana). Se trata de la misma agenda que, en la fase inicial fue americanizadora y, en la fase final, será islamizadora. El empeño por hacer de nuestro continente, y ello en todas sus naciones, un mosaico segmentado de guetos superpuestos, allí donde antes no los había, por medio de la importación de contingentes africanos y musulmanes bajo excusas, primero economicistas (pagarán nuestras pensiones) y después humanitarias (todos somos hermanos, las fronteras no existen) responde al mismo proceso, a la misma agenda. Es la neutralización de la gran comunidad de naciones europeas no sólo en el plano militar, sino en el ámbito cultural y económico. Con la incrustación del tercer mundo en el primero, las posibilidades de regeneración de las antiguas potencias (incluyendo aquí a España, la primera potencia moderna en el mundo, en el siglo XVI) queda bloqueada en su misma raíz. A las potencias extra-europeas les resulta muy útil la segmentación de nuestras sociedades, su degradación cultural, identitaria. Y un pilar fundamental de la identidad de un pueblo es la fe. El laicismo militante abre el camino de la islamización del continente, consciente e inconscientemente. Y, de hecho, sólo una religión y una estética organizadas pueden defender lo que queda de Europa. Una Europa que hoy reniega de Cristo tanto como de Homero. Sin fe y sin areté.

Revista Naves en Llamas: ¿El fin de Occidente?. Número 1 (Marzo de 2018)

Nota: Este artículo es un extracto del ensayo publicado en la citada revista

Imagen: urti2009: Cruz en Asturias

 

Carlos X. Blanco
Carlos X. Blanco es profesor, escritor y columnista de, entre otros medios, La Tribuna del País Vasco. Doctor en Filosofía, está considerado como uno de los principales expertos españoles en la batalla de Covadonga y en el inicio de la Reconquista. A este tema ha dedicado, a lo largo de los últimos años, dos obras claves, tanto novelísticas como ensayísticas. Se trata de la novela histórica La luz del norte y el estudio De Covadonga a la nación española, con prólogo de Robert Steuckers. Ambos trabajos están editados por EAS.

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