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¿Vamos hacia la guerra civil?


David Engels | 14/05/2021

La última década de la Unión Europea ha estado marcada por múltiples crisis permanentes, graves crisis económicas y sociales con un alto nivel de desempleo, también por crisis políticas, y finalmente la crisis migratoria. Como en los «estados romanos tardíos» hay una «nueva migración de pueblos», incluso un amenazador «colapso de la civilización libre».

Desde hace tiempo se habla de todo eso, y cuantos se inclinan a descartar estas comparaciones como meros alaridos de pánico a cargo de conservadores histéricos se preguntan, a pesar de todo, la razón por qué esas comparaciones son cada vez más frecuentes hoy en día, cuando vivimos, como suele suceder, en la «mejor Europa de todos los tiempos».

Así que echemos un vistazo atrás, dos milenios atrás, y comparemos los paralelismos, similitudes y diferencias entre la historia romana y la situación actual en Europa. Pero no la comparación con el declive del Imperio Romano en la Antigüedad tardía (incidentalmente gradual, declive el cual, además, ni siquiera ocurrió en el Este) debe ser el foco de estas reflexiones, sino el paralelo con la República Romana tardía.

Los paralelos los dibujé hace unos años en mi libro Le déclin (París, Tucán, 2014), más tarde traducido al alemán con el título de Camino al Imperio (Auf dem Weg ins Imperium Berlín, Europaverlag, 2014). En términos concretos, he tratado de mostrar que la actual crisis, cada vez más profunda, de la Unión Europea, la cual es, en última instancia, tan sólo una parte de la crisis en todo el mundo occidental, resulta similar en sus características esenciales, a la crisis del final de la República Romana en el siglo I antes de Cristo.

Dondequiera que se mire, las similitudes son tan diversas y al mismo tiempo tan específicas que los paralelismos deben ser tratados como una indicación de una analogía sistémica fundamental: la globalización, que llamamos romanización o helenización en el Mediterráneo antiguo; la desintegración de la familia clásica, que provocó una tasa de divorcios explosiva entre los ciudadanos romanos; la pérdida de importancia de la religión tradicional, que provocó el declive de los templos y el declive del sacerdocio en Roma; el «cambio de valores», que provocó una influencia cada vez mayor del materialismo y el hedonismo en el Mediterráneo; el inexplicable declive demográfico, que los autores griegos y romanos han conocido por experiencia desde el siglo II; la creciente polarización social, que en la Antigüedad permitió que la debilitada clase media creciera junto con el empobrecido y desempleado proletariado urbano; la crisis de identidad cultural, que ya comenzó en los siglos II y I antes de Cristo, y que condujo al desarrollo de las ciudades romanas en forma de metrópolis multiculturales con guetos y sociedades paralelas.

En los siglos II y I a.C. se dividieron los defensores de la imagen humana universalista y conservadora, y el amenazante déficit democrático se manifestó en la República Romana de diversas formas: a través de la disminución de la participación electoral, la manipulación de los votos y la repetición interminable de los referendos; la creciente centralización de las estructuras inicialmente subsidiarias, tal como lo encontramos en el abandono de las autonomías locales en favor de la administración provincial e imperial; el problema de la terrible deuda nacional, que en la antigüedad convirtió a reinos enteros en deudores involuntarios de Roma y de su élite; la primacía de la economía, que en Roma hizo a los banqueros más poderosos que los cónsules; la supuesta defensa de la civilización, con la que la República Romana ocultó sus guerras de conquista como enfrentamientos asimétricos con «rebeldes» o «piratas» para la defensa del comercio y de los derechos humanos; la impotencia de las estructuras del Estado, que hizo que la República Romana no se pudiera reformar con su complejo sistema de cargos y sus períodos de elección demasiado cortos lo cual la condujo a una completa parálisis; la infantilización de las masas que, como es bien sabido, ya se mantenían contentas hace dos mil años con el «pan y juegos»; la transformación cultural importada, que en Roma llevó al peligro de la infiltración identitaria de la propia sociedad por el judaísmo, los cultos mistéricos y, finalmente, el cristianismo primitivo; el surgimiento de una élite gobernante cerrada, que en forma de oligarquía senatorial se opuso formalmente a las elecciones, pero que en última instancia formó un cártel partidista tenazmente protegido; el mito del Reino de Paz, que condujo incluso a la anexión voluntaria de numerosos territorios a la República Romana; por último, el ascenso del populismo, que dio voz a los temores del pueblo, pero que no pudo ofrecer una alternativa verdaderamente creíble; todo esto y mucho más nos lleva a temer que incluso la crisis de la sociedad actual no sea un fenómeno «único», «sin precedentes», sino más bien una fase de transformación, cuyas causas, curso y, probablemente, también sus consecuencias, pueden leerse desde el espejo de la historia.

Por lo tanto, no cabe duda de que en la política de los últimos años ya vemos los primeros signos del período de la guerra civil en el que la difunta República finalmente se disolvió a sí misma antes de ser finalmente «salvada» por la revolución autoritaria de Augusto. Después de incontables años de «grandes coaliciones» y «cohabitaciones», los partidos tradicionales de casi toda Europa se han desintegrado en favor de un cártel informal que se asemeja mucho a esos «homines boni», los «bienhechores» que Cicerón pretende conjurar en la lucha contra todo populismo. No es casualidad que la presidencia de Donald Trump haya tenido todos los rasgos deslumbrantes de la tribuna de un Catilina o un Clodio, que, aunque ellos mismos eran descendientes de la elite más alta, libraron una lucha desesperada contra la clase dirigente basada únicamente en el poder de las masas frustradas del pueblo, combinando demagogia, pragmatismo e idealismo de la manera más deslumbrante.

Con Emmanuel Macron, el mito del «salvador» de la democracia ha reaparecido por primera vez en el escenario político, lo que ya constituyó la base de los numerosos poderes especiales de Pompeyo, cuya dictadura apenas velada representó la última rebelión de la aristocracia senatorial contra el peligro populista; la agonía del Brexit presenta todos los rasgos de los intentos de las distintas provincias del imperio republicano, bajo el dominio de los disidentes senatoriales o de las dinastías locales, de romper con el colapsado Imperio Romano, sin que, no obstante, haya ninguna perspectiva de escapar a largo plazo de la integración demasiado avanzada entre la periferia y el centro; y los ataques terroristas casi diarios de las sociedades paralelas de inmigrantes, junto con la resistencia colectiva cada vez más endémica de los Gilets Jaunes (chalecos amarillos, en francés) y de diversos «ciudadanos furiosos» de todo tipo, dan un anticipo del fracaso a gran escala del Estado, cuya llegada sólo depende de cuánto tiempo los problemas actuales de intereses y de intereses compuestos puedan posponerse hasta mañana con la ayuda de los préstamos, el control de los medios de comunicación y el desmoronamiento del frente unido de la «corrección política».

Pero entonces nos convertiremos en testigos del resurgimiento del «cesarismo», cuando esos hombres se presenten a las personas que están profundamente perturbadas por la violencia, la corrupción, el radicalismo y la injusticia y que están completamente alienadas de la democracia desacreditada, esos hombres que prometen poner fin a las condiciones actuales con dinero y milicias privadas o con la fuerza militar estatal. Con el aplauso de las masas y con la agradecida aprobación de los mercados de valores y de los inestables funcionarios, tarde o temprano, como en la Roma de Augusto, surgirá un Estado autoritario que, aunque externamente comprometido con la restitución formal de las antiguas condiciones democráticas, de hecho las cambia tanto a través de estructuras carismáticas y clientelares que en realidad corresponderá a una autocracia, no muy diferente del proceso de transformación que ya se ha iniciado en Rusia o Turquía.

Este desarrollo se iniciará probablemente en la Europa noroccidental continental, la parte del mundo occidental más afectada por la crisis actual, que acaba de dotarse de una unidad semiestatal en el nuevo Tratado de Aquisgrán (2019), cuyas consecuencias todavía no pueden preverse y que, como «Europa nuclear», también podría sobrevivir a una posible desintegración o a una persistente incapacidad para actuar de la UE en su conjunto antes de que intente volver a hechizar a los Estados de su periferia. El que esta nueva formación de Europa pueda coronarse con éxito bajo auspicios autoritarios dependerá en gran medida de su orientación ideológica: si el régimen esperado continúa orientándose hacia los valores actuales de la «corrección política» y continúa su política de debilitamiento (aparentemente) involuntario de las tradiciones cristianas y de fortalecimiento (aparentemente) involuntario del Islam, cabría esperar una gran oposición de los Estados de Visegrado, que podrían incluso orientarse hacia el Este; pero si, como en el caso del régimen de Augusto, se produjera un cambio de rumbo ideológicamente conservador, tal intento renovado de unificación de Europa bajo los auspicios tradicionalistas sería incluso prometedor.

Ninguno de estos desarrollos es agradable o deseable, al menos desde una perspectiva absoluta, no relativa. Pero aquellos que miden la historia por sus propios deseos y esperanzas y que, por lo tanto, son incapaces de mirar los hechos de frente, tarde o temprano se verán abrumados por su propia ceguera y descubrirán que han trabajado inadvertidamente en pro de todo aquello que no querían admitir. Por lo tanto, si, a pesar de la abrumadora carga de las analogías con la extinta Roma republicana, será posible para la Europa moderna escapar de su destino, es algo que está escrito en una página completamente diferente. Desafortunadamente, yo mismo lo dudo.

Varios Autores: Naves en Llamas: ¡Guerra! Una gran batalla cultural estalla en Occidente.

Imagen: Pete Linforth: Armagedón

 

David Engels
David Engels es es profesor de investigación en el Instytut Zachodni de Poznan (Polonia), donde se encarga del estudio en profundidad de cuestiones relacionadas con la historia intelectual occidental y la identidad europea. Autor de un libro fundamental como es Le declin, David Engels dedica también gran parte de su trabajo a esbozar una posible reforma de las instituciones europeas basada en lo que él denomina «Hesperialismo», una profunda y renovadora combinación del mejor patriotismo europeo con el más elaborado conservadurismo cultural.




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