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De la revolución al golpe de Estado: los más fanáticos, los más implacables


Sergio Fernández Riquelme | 26/08/2020

Sin el control total de país, aislado internacionalmente y con una economía casi de subsistencia, durante los primeras semanas del nuevo Gobierno se adoptó una inevitable política económica dirigista; las dificultades de abastecimiento de las grandes ciudades obligaban al racionamiento obligatorio, y por ello aplazaron su objetivo de colectivización integral del campo en el Congreso Campesino del 10 al 16 de noviembre; y además, en enero de 1918, tuvieron que organizar destacamentos especiales de trabajadores para requisar productos agrícolas.

Aunque nadie podía vacilar, nadie podía dudar, nadie podía mirar atrás; así el plan continuó a toda costa. La Guardia roja tomó Moscú en noviembre de 1917, y tras ejecutar a la feroz oposición socialrevolucionaria de Vadim Rúdnev, se hicieron con el control del Kremlin; y el 12 de noviembre de 1917 hicieron fracasar el primer intento de retomar Petrogrado por una coalición del Ejército ruso (Stavka) todavía bajo órdenes de Kérenski, y los Cosacos de Krásnov, evidenciando la falta de capacidad de movilización del Estado mayor del aún superviviente Gobierno socialrevolucionario (que huyó en bloque una semana después).

Mientras, conservadores y monárquicos se reunieron en el sur de Rusia, en la recién creada República del Don, creando el Ejército de Voluntarios al mando del general zarista Mijaíl Alexéyev a finales de noviembre. Pero tras varios meses de represión de los sucesivos levantamientos bolcheviques en la región de Rostov, en enero de 2018 la Guardia Roja consiguió su control total, aplastando las rebeliones cosacas de las zonas del Kubán y de los Urales en abril de ese mismo año. Parecía el fin de una incipiente guerra civil, pero surgió entre la desesperación el llamado Ejército blanco del general Denikin, que aprovechó la ruptura final de la coalición entre bolcheviques y algunas facciones mencheviques y socialrevolucionarias aliadas.

Pese al acuerdo mayoritario de finales de 2017 de ampliar la representación del Consejo de Comisarios del Pueblo a más grupos socialistas (como consiguió el menchevique Yuli Mártov), los bolcheviques comenzaron a construir su Estado totalitario desde enero de 1918 sin ellos; perdían casi todas las elecciones locales y regionales que se celebraban (tanto obreras como campesinas) y decidieron actuar: se cerraron los periódicos mencheviques, los socialrevolucionarios de derecha y los anarquistas fueron duramente perseguidos, se comenzaron a purgar a los funcionarios no adeptos de Petrogrado, y se introdujeron comisarios políticos bolcheviques en todos los comités de empresas y cooperativas.

Como la democracia socialista les falló a los bolcheviques, la Guardia Roja la disolvió. Se cerró la nueva Asamblea Constituyente después de su primera reunión el 19 de enero de 1918, tras ejecutar a varias decenas de manifestantes; en las elecciones de noviembre de 1917 para la misma solo consiguieron 175 diputados (de 707), con el socialrevolucionario Víktor Chernov como presidente, demostrando la falta de apoyo popular real a la Revolución. Y el 14 de junio de 1918, los mencheviques y los socialrevolucionarios de izquierda fueron expulsados del Comité panruso de los Sóviets (quedando en exclusiva los bolchevique), siendo incluso cerrado el periódico La Nueva Vida del icono socialista Gorki. Las tesis de Lenin se cumplían: Rusia debía tener su propio camino al socialismo sin democracia temporal, sin negociación con los burgueses, sin piedad con los enemigos.

Nacía la conocida como Checa. El 20 de diciembre de 1917 se fundó la Comisión Extraordinaria de lucha Contra el Sabotaje y la Contrarrevolución» (VChK). Sin base legal ni control judicial se fue convirtiendo de un instrumento provisional de represión independiente en la gran herramienta revolucionaria. Dirigido por un comité de cinco miembros (tres bolcheviques y dos socialrevolucionarios), con 100 funcionarios y bajo la presidencia del comunista polaco Félix Dzerzhinski, comenzó con la terrible y sistemática represión de los «enemigos del pueblo» en Petrogrado: monárquicos y cadetes, empresarios y burgueses, socialrevolucionarios de derecha y liberales, periodistas y huelguistas.

En marzo de 1918 se extendió por todo el país, tras acabar con la rebelión de los socialrevolucionarios de izquierda en Moscú (su plaza fuerte) y tras el atentado contra Lenin perpetrado por la activista anarquista Fanya Kaplan; en abril consiguieron desactivar a casi todas las células ácratas en las grandes ciudades y comenzaron a cerrar las organizaciones locales de mencheviques y socialrevolucionarias (que seguían venciendo en las elecciones locales de los Sóviets).

En julio de 2018 ya contaba con 12.000 miembros y cientos de checas municipales, y a partir de verano desplegaron el llamado terror rojo con más de 6.000 ejecuciones (inspirándose en ejemplo jacobino), especialmente antes las más de 150 sublevaciones campesinas, el cierre patronal ordenado por el mismo Sóviet de Petrogrado (que fue disuelto), y los asesinatos del embajador alemán, del líder bolchevique Vladímir Volodarski y del jefe de la checa de Petrogrado Moiséi Uritski por los revolucionarios de izquierda (pese a las denuncias del Comisario del Pueblo de Justicia Isaac Steinberg).

Más de 140.000 fallecidos contabilizó el historiador George Leggett entre antiguos aliados (mencheviques, anarquistas, sionistas o social-revolucionarios) y entre los «enemigos del pueblo» (liberales y cadetes, blancos y nacionalistas); con los enigmáticos casos de la revolucionaria disidente Maria Spiridónova (encerrada por «locura» en un centro psiquiátrico) o de los mesiánicos pacifistas tolstonianos. Y que culminó, en esta primera etapa de «limpieza», con la ejecución sumaria de toda la familia imperial en la noche de 17 al 18 de julio de 1918 a las afueras de Ekaterimburgo (pese a que Trotski hubiera quería un juicio público y una ejecución igualmente pública de Nicolás II, el Politburó la aprobó en secreto), y la especialmente intensa represión religiosa, siendo asesinados más de 30.000 sacerdotes entre 1917 y 1920, amén de miles de iglesias destruidas y la prohibición expresa de todo culto público.

Al desvanecerse la esperanza de un levantamiento revolucionario en Europa (especialmente tras el fracaso de su gran adalid occidental, la alemana Rosa Luxemburgo), el Gobierno bolchevique buscó desesperadamente una paz sin que pareciera una claudicación ante los países capitalistas. Se firmó un armisticio el 15 de diciembre, pero de nada valió al aprobarse la posición de Trotski de una paz sin concesiones territoriales (ya que Alemania exigía la anexión de la práctica totalidad de Polonia, Lituania y Bielorrusia), frente a la estrategia de guerra revolucionaria total de Bujarin y a la idea de una aceptación plena por parte de Lenin. Y ante la masiva y exitosa contraofensiva del ejercito germano en Ucrania el 17 de enero de 2018, el Gobierno bolchevique se vio obligado a firmar la Paz de Brest-Litovsk el 3 de marzo bajo la tesis de claudicación de Lenin, siendo reconocida la independencia de la República Popular de Ucrania y la pérdida de amplios territorios fronterizos (más del 26% de la población del antiguo imperio). Rusia salía de la guerra, Alemania conseguía sus objetivos y Lenin tenía ya las manos libres.

No eran los más populares ni de lejos los más numerosos, pero eran y fueron los más fanáticos, los más decididos, los más eficaces, los más implacables. Así los veía el gran literato socialista del momento, Maxim Gorki, pseudónimo del novelista y revolucionario Alekséi Maksímovich Peshkov. Periodista de formación, en su primer libro de altura Ensayos y relatos, describía una Rusia pobre y esclava, llena de personajes marginales y maleantes a los que dio la palabra, y que era necesario cambiar radicalmente. Por ello que comenzó a participar en los movimientos socialistas-revolucionarios del momento, en especial en el emergente Partido Socialdemócrata (POSDR) por lo que fue arrestado en varias ocasiones. Convertido en uno de los intelectuales de referencia de los antizaristas, tras el éxito de primeros textos fue nombrado, e inmediatamente vetado, como académico de literatura (lo que provocó la renuncia de Chéjov y Korolenko).

Sus afamadas obras Los bajos fondos y La Madre venían marcadas por ese ideología socialista-revolucionaria cada vez más ligada al bolchevismo, pero en su caso destinada a construir un auténtico «ateísmo religioso» capaz de fundamentar el socialismo como la nueva fe humana capaz de dotar a la revolución proletaria presente de una forma de vivir y sentir más allá de construcciones políticas concretas. Y llegó el distanciamiento con Lenin y sus lugartenientes; el socialismo no se podía construir, a su juicio, eliminando al disidente o callando a las voces críticas (como su propio periódico), denunciando las prácticas represivas bolcheviques y el afán de poder de Lenin en los ensayos recogidos en Pensamientos intempestivos; situación que puso en peligro su vida y le obligó al exilio hasta su regreso en 1932.

De la revolución al golpe de Estado

1. Una transición fallida
2. «Todo el poder para los Sóviets»
3. Los más fanáticos, los más implacables

Sergio Fernández Riquelme: El renacer de Rusia. De las ruinas de la URSS a la democracia soberana de Vladímir Putin. Letras Inquietas (Abril de 2020)

Imagen: Autor desconocido: Lenin dirigiéndose a sus seguidores

 

Sergio Fernández Riquelme
Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.





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