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De la revolución al golpe de Estado: una transición fallida


Sergio Fernández Riquelme | 21/08/2020

Diez días que estremecieron el mundo. Así tituló su obra el corresponsal y activista comunista norteamericano John Reed a uno de los grandes acontecimientos del siglo XX: la soñada revolución que sustituía de raíz, tras un golpe de Estado, a la histórica monarquía rusa y su modelo político-social, aplastaba el infructuoso intento de transición socioliberal encabezado por Aleksandr Kerenski, e implantaba el primer gran régimen totalitario de nuestra historia.

Diez días que resumían un largo proceso que puso a Rusia en el centro del mundo. Tras el colapso del sistema imperial por su participación en la Gran Guerra (1914-1918) y la crisis económica paralela, una coalición de fuerzas opositoras se hizo con el poder tras la primera Revolución de febrero. Centrados en la capital San Petersburgo, y tras hacerse con el control de la Duma estatal, dicha coalición logró la abdicación de Nicolás II e implantó un gobierno provisional que coexistía con el naciente y poderoso Sóviet obrero local.

Etapa inicial que culminaba un proceso abierto tras la derrota en la Guerra Ruso-Japonesa de 1905. En ella, el imperio ruso demostraba su incapacidad militar ante un enemigo supuestamente menor, y desvelaba los amplios problemas económicos y las evidentes desigualdades de un país en pleno trance de industrialización acelerada. Tras la represión de la huelga obrera del 22 de enero de ese mismo año (conocida como el domingo sangriento) se creó el clandestino Sóviet de San Petersburgo, y Nicolás II accedió a que se convocará una nueva Duma bajo su control.

Las sucesivas derrotas en el frente de la Primera Guerra Mundial (especialmente en la frontera oriental prusiana), con más de 2 millones de muertos y heridos, aceleraron la descomposición del régimen. Derrotas motivadas, en gran medida, por las deficiencias estructurales nacionales (red ferroviaria obsoleta, limitada industria armamentística, mal aprovisionamiento de los soldados) y la hambruna generalizada en amplias regiones del país, que permitieron la legitimación popular de las opciones opositoras; a lo que se unió, por su carga simbólica, el creciente desprestigio de la Casa Real por la famosa influencia del oscuro monje Rasputín sobre la emperatriz Alejandra (finalmente asesinado en 1917 por orden del príncipe Yusúpov).

Tras perder el control de la ciudad de San Petersburgo durante la navidad de 1916 y disolver la Duma buscando gobernar directamente por decreto, el régimen claudicó. Gran parte de la guarnición de la capital se sumó a los manifestantes que desde hace meses tomaban sus calles, y presionado por el Estado mayor, el Emperador abdicó el 2 de marzo de 1917. Se ponía punto final a la dinastía Románov en el poder, tras rechazar la corona su hermano, el Gran Duque Miguel Aleksándrovich; a partir de ese momento coexistían un gobierno provisional de coalición liberal-progresista, formalmente con el control del país, y un Sóviet menchevique-socialrevolucionario en la nueva Petrogrado, realmente dominador de la situación local. Dos autoridades, dos proyectos de país.

Por un lado, la Duma aprobó el nuevo gobierno provisional y nombró a los primeros presidentes: el viejo «octubrista» Mijail Rodzianko (oficial y terrateniente monárquico) y el kadete Gueorgi Lvov (liberal burgués). La vieja elite y la vieja oposición se coaligaban para hacer transitar pacíficamente al país hacía un nuevo régimen democrático, proteger el incipiente desarrollo económico y mantener la unidad rusa. Se eliminó la pena de muerte y se abrieron las puertas de muchas prisiones, regresaron buena parte de los opositores exiliados (como la plana mayor bolchevique), se anuló la unión entre Estado e Iglesia y se reinstauraron los derechos de reunión, petición y prensa. La primera declaración del gobierno provisional el 7 de marzo de 1917 señalaba que «el gobierno cree que el espíritu de profundo patriotismo manifestado durante la lucha contra el antiguo régimen inspirará a nuestros valientes soldados en los campos de batalla. Por su parte, hará cuanto esté en su mano para proveer de lo necesario al ejército a fin de llevar la guerra a su final victorioso. El gobierno considerará como sagradas las alianzas que nos ligan con unas potencias y respetará puntualmente los acuerdos firmados con nuestros aliados. Paralelamente a las medidas que se tomen para defender al país del enemigo exterior, el gobierno considerará como objetivo esencial suyo permitir que se exprese la voluntad popular en lo que concierne a la elección de un régimen político y convocará la Asamblea Constituyente en el plazo más breve posible sobre la base del sufragio universal directo, igual y secreto (…). La Asamblea Constituyente promulgará las leyes fundamentales que garanticen los inalienables derechos del país a la justicia, la libertad y la igualdad».

Por otro lado, el Sóviet de Petrogrado (el nuevo nombre de la capital) dominado en su momento inicial por mencheviques y social-revolucionarios, contuvo las ansias de transformación radical de la minoría bolchevique, colaborando durante meses con la autoridad nacional (de dicha colaboración surgió la figura de Kérenski, socialrevolucionario vicepresidente del Sóviet y ministro de Justicia y Guerra, finalmente presidente de gobierno).

Un gobierno obrero local que pretendía ser el germen del cambio como referente para todo el país: «El antiguo régimen ha llevado al país a la ruina y a la población al hambre. Era imposible soportarlo por más tiempo, y los habitantes de Petrogrado han salido a las calles para manifestar su descontento. Han sido recibidos a balazos. En lugar de pan han recibido plomo. Pero los soldados se han negado a cargar contra el pueblo y se han vuelto contra el gobierno. Juntos, se apoderaron de los arsenales, los fusiles e importantes órganos del poder. El combate continúa y debe llevarse hasta el final. El viejo poder debe ser derrocado para dar lugar a un gobierno popular. A fin de ganar esta lucha por la democracia, el pueblo debe crear sus propios órganos de gobierno. Ayer, 27 de febrero, se formó un Sóviet de diputados obreros compuesto por representantes de las fábricas, talleres, partidos y organizaciones democráticas socialistas. El Sóviet, instalado en la Duma, se ha fijado como tarea esencial organizar las fuerzas populares y luchar por la consolidación de la libertad política y del gobierno popular. Invitamos a toda la población a adherirse inmediatamente al Sóviet, y a organizar comités locales en los barrios y a tomar en sus manos el gobierno de los asuntos locales. Todos juntos, unidas nuestras fuerzas, venceremos hasta barrer completamente al viejo gobierno y reunir una asamblea constituyente sobre las bases del sufragio universal, igual, secreto y directo».

Pero las primeras grietas entre ambas autoridades comenzaron a surgir. La primera negativa del gobierno provisional a salir de la guerra provocó importantes manifestaciones violentas en abril de 1917, así como la renuncia del ministro de exteriores Pável Miliukov. Los bolcheviques se hacían con control del Sóviet de la capital en junio (bajo mando de Lev Trostki) y desvelaban ya sus cartas: apostaban por implantar directamente un sistema único de Sóviets haciendo caer al poder liberal-burgués; plan publicado en las llamadas «tesis de abril» de Lenin (pese a las reticencias de otro de sus líderes, Mólotov) e impuesto en el I Congreso Panruso de los Sóviets (que marcó el definitivo distanciamiento con los mencheviques de Tsereteli).

Así en el discurso de mayo a los soldados del Regimiento Izmailovsky, Lenin lo dejaba bien claro: «¡Camaradas soldados! La cuestión del sistema de Estado está ahora en el orden del día. Los capitalistas, en cuyas manos descansa ahora el poder del Estado, desean una república burguesa parlamentaria, es decir, un sistema de Estado donde ya no hay Zar pero el poder permanece en las manos de los capitalistas que gobiernan el país a través de las viejas instituciones como la policía, la burocracia y el ejército permanente. Nosotros deseamos una república diferente, una más de acuerdo con los intereses del pueblo, más democrática. Los obreros y soldados revolucionarios de Petrogrado han derrocado el zarismo y han limpiado la capital de la policía. Los obreros de todo el mundo ven con orgullo y esperanza a los obreros y soldados de Rusia como la vanguardia del ejército de liberación de la clase obrera del mundo. La revolución, una vez iniciada, debe ser fortalecida y desarrollada. ¡No debemos permitir que la policía sea restablecida! Todo el poder del Estado, de abajo arriba, desde la más remota villa hasta cada cuadra de Petrogrado, debe pertenecer a los Soviets de diputados de obreros, soldados, trabajadores agrícolas, campesinos y otros. El poder del Estado central unificador de esos Soviets locales debe ser la Asamblea Constituyente, la Asamblea Nacional o Concejo de los Soviets, no importa el nombra que se le ponga».

De la revolución al golpe de Estado

1. Una transición fallida
2. «Todo el poder para los Sóviets»
3. Los más fanáticos, los más implacables

Sergio Fernández Riquelme: El renacer de Rusia. De las ruinas de la URSS a la democracia soberana de Vladímir Putin. Letras Inquietas (Abril de 2020)

Imagen: Patric Zeller: Escultura de Lenin en Berlín

 

Sergio Fernández Riquelme
Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.





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