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El nuevo Romanticismo y la Cuarta Teoría Política de Aleksandr Duguin


Carlos X. Blanco | 04/06/2024

Si hay un denominador común a las tres teorías políticas prevalentes en el mundo, especialmente en el mundo occidental, ese es el materialismo. Según la caracterización del filósofo ruso Aleksandr Duguin, las tres teorías políticas prevalentes de la Modernidad occidental fueron, en este orden, 1) el liberalismo (Primera Teoría Política), 2) el socialismo-comunismo (Segunda Teoría Política) y 3) el fascismo y nacionalsocialismo (Tercera Teoría política). Todas las tres se ven penetradas por una metafísica enteca y brutal, cual es la concepción filosófica materialista.

Esto ha de verse así incluso en contra de las propias declaraciones que teoría política ofrece de sí misma, la cual suele servir a propósitos muy distintos a lo que una verdadera filosofía obedece: el propósito de mostrar la verdad. La propaganda y la polémica contra teorías políticas rivales son factores que están en la raíz de que las teorías políticas no se presenten como realmente son, y es preciso, dialécticamente, comprender a las anteriores desde una teoría política nueva que comprenda y supere a esas anteriores. Cada teoría política surgida a la altura de su tiempo entraña el compromiso de comprender ese mismo tiempo y, a la vez, de manera inherente, superar a las anteriores que, de un mundo u otro, pretenden conservar vigencia e influencia.

La Cuarta Teoría Política de Duguin no sólo es posterior cronológicamente, como ocurre al afirmar que la tarde sigue a la mañana, o el otoño a la primavera. La Cuarta Teoría Política debe ser (y de hecho es) una superación del materialismo como denominador común al liberalismo, al socialismo-comunismo y al nazi-fascismo.

La Primera Teoría Política, debe recordarse, no se ciñe exclusivamente al liberalismo de Locke, sino también al crudo materialismo de Thomas Hobbes, otro inglés que, al igual que su antecedente lejano pero fundamental, el nominalista Guillermo de Ockham, radicalizó la tesis de Aristóteles: lo único que existe es el individuo, y no hay lugar para sustancias «segundas». Los términos lingüísticos que se corresponden con supuestas entidades colectivas, abstractas, genéricas, sólo poseen existencia en tanto que términos del lenguaje (ontológicamente se limitan a ser golpes de voz, manchas de tinta sobre el papel, pulsos electromagnéticos en un ordenador…). Los términos de los nominalistas se refieren unívocamente a individuos (humanos o no) separados y ab-solutos (es decir, «sueltos», despegados del fondo del cual destacan).

Queda claro, como ya señalara Costanzo Preve, que la clave de la ontología de la Primera Teoría Política está en la doctrina político-social subyacente, una ontología del ser social: el ente individual, designado unívocamente a la manera nominalista, no es otro que el individuo humano absolutizado por el liberalismo: un átomo sociopolítico y económico. Esa filósofa luciferina, también inglesa, la señora Thatcher, lo expresó con la claridad que despiden las propias llamas del infierno: «la sociedad no existe». Esto es materialismo puro: no es sólo un materialismo abstracto y subyacente a una teoría del gobierno y una concepción económica. Es materialismo impuesto: la sociedad tiene que llegar a convertirse, manu militari si es preciso, y por medio de shocks (Pinochet, Videla, Yeltsin…), en una masa de átomos ante un Estado al servicio de ciertos capitales omnímodos, vale decir: la sociedad debe desparecer.

La Segunda Teoría Política posee la ventaja de no esconder su materialismo. Es cierto que el Hobbes de la Primera Teoría Política tampoco lo escondía, pero la retórica de la «libre iniciativa individual», la libertad y la sociedad abierta, es una retórica que sigue engatusando a mucha gente. El socialismo y el comunismo, especialmente en su versión marxista-engelsiana, es una teoría declaradamente materialista y atea. Pero la cosa no es tan sencilla. Debemos a un elenco de autores (Gramsci, Preve, Fusaro, Salvarote Bravo…) la reinterpretación de la filosofía marxista en clave idealista: el filósofo de Tréveris fue un discípulo fiel de Fichte y Hegel, un filósofo de la praxis («al principio era la acción»), en la más genuina tradición alemana, proseguida gracias a Gramsci, por los italianos. No obstante, la implantación dogmática y obligatoria de los llamados «materialismo dialéctico» y «materialismo histórico», no solo en los estados comunistas (Unión Soviética, Europa del Este, China, etc.) sino también en los partidos comunistas occidentales y de gran parte del mundo, ha justificado esta identificación entre la Segunda Teoría Política y el materialismo. Sin embargo, creo que el gran maestro Preve ha mostrado al mundo que lo perenne y verdadero del trabajo de Marx no está en su pensamiento ilustrado tardío, sino en su aristotelismo: el ser humano es un ser comunitario, que teje y reconstruye constantemente su comunidad por medio de la acción, y es la acción comunitaria (llena de arraigos pese a los embates del capital) la que transforma el mundo y lo hace evolucionar.

La Tercera Teoría Política también es un crudo materialismo. En su versión nacionalsocialista, nadie puede negar que tras las apelaciones nacionalistas o patrióticas, el destino de dicha teoría política era la raza, no la nación, una raza pretendidamente superior, inventada en base a premisas pseudocientíficas extraídas de la ciencia británica y francesa del siglo XIX. El concepto meramente lingüístico de lo «ario» se extrapoló y mezcló con la pseudociencia darwinista social de la época del colonialismo occidental del XIX y principios del XX. La humanidad fue descrita en términos muy semejantes al ganado, hablándose así de razas de superior e inferior calidad. La Tercera Teoría Política orilló y manipuló de hecho las aportaciones tradicionalistas y espiritualistas de los pensadores de la Revolución Conservadora, y entendieron el Estado nacional alemán, en el caso nacionalsocialista, como un mero instrumento al servicio de una mística e irreal «raza». En el caso del fascismo italiano, precisamente la «estatolatria» proclamada, vincula la Tercera Teoría Política de forma más clara al materialismo, que tiende a reducir todas las expresiones de la vida social y comunitaria a una sola. La Comunidad Organizada de Perón, y otras formas (escasamente desarrolladas en la práctica debido a los ataques e injerencias del neoliberalismo) acaso hubieran sido formas menos materialistas de la Tercera Teoría Política, dotadas de entrañas más espirituales. Véase, por ejemplo, el profundo catolicismo no vaticanista del General Perón. El culto al Estado, por encima de los pueblos y comunidades que lo originan, es el triunfo de una mentalidad «romana», prosaica y materialista, que el gran Oswald Spengler encontró en otros organismos «correspondientes» (los aztecas, por ejemplo).

Es la Cuarta Teoría Política la que está llamada a restaurar el espíritu. El sujeto (Dasein) de la historia viene constituido por el pueblo (Ethnos, Volk). Estos pueblos «están ahí», son realidades primarias, y no todos deben ni pueden contar con entidades estatales propias. En ocasiones, la fortuna y expansión vital de un pueblo reside en su buena integración en unidades superiores (imperios, civilizaciones) que los «transportan» en el tiempo, que sirven de vehículos de sus posibilidades, las cuales son siempre, en última instancia, espirituales. Los micropueblos (vascos, bretones, catalanes, corsos), así como los del Este y de los Balcanes no sólo fueron víctimas de opresión y aculturación por parte de la unidad estatal superior en donde se alojaron, hecho que en muchos casos no se puede negar, sino también fueron «salvados» para la historia por esas unidades superiores. Por ejemplo, en el caso que geográficamente me es más cercano, nadie se acordaría hoy de la existencia de un pueblo y una lengua vascongados sin su rescate para la historia a cargo de la corona española.

La lucha decisiva hoy va a ser una lucha entre la Primera Teoría Política y la Cuarta. El hegemón norteamericano y su Anglosfera representan el más crudo materialismo, que hace del individuo no ya un «sujeto capaz de elegir en una sociedad abierta», sino un átomo egotista, consumidor compulsivo (aun cuando ya no sea productor), ávido de sexo y demás placeres desconectados del amor a las personas, a la patria y a la naturaleza. Frente al materialismo descarnado de la 1TP se alza un nuevo «idealismo». De manera análoga a como el Romanticismo sacudió Europa a finales del XVII, y removió todas esas cabezas con peluca y arrugados rostros empolvados, un juvenil Sturm und Drang del siglo XXI debe y puede comenzar. Quizá empiece poco a poco: un grupo de adolescentes queman sus sudaderas con la enorme Union Jack y vuelvan a ser leales a su cultura. La música comercial de «mestizaje» promovida por las grandes discográficas anglosajonas fracase, y la juventud busque raíz y hondura de sentimiento. La procacidad en el vestir vaya dando paso al decoro y a la modestia. El gusto por lo noble, sabio y bello, al generalizarse, ponga en jaque a la «cultura de supermercado»… Puede ocurrir si hay revolución en el espíritu.

No se trata solamente de una lucha abierta en el campo militar, comercial, cibernético… Es una lucha por las conciencias. Es una lucha de ideas. Esta implica un autorreconocimiento. Si cada joven comienza a decir, a partir de mañana, «yo no soy como las horrendas cadenas de hamburgueserías y tus productores de reguetón quieren que yo sea», «no soy un animal, soy una persona», el neoliberalismo se verá a sí mismo como una marea que no cesará de retroceder. Habrá, entonces, muchas batallas que librar, pero algo se moverá en esa especie de cámara magmática, el Inconsciente; una energía profunda e imparable que brota del inconsciente colectivo de cada pueblo se movilizará. Se abrirán, entonces, grandes chimeneas y cráteres y la explosión no tardará en llegar. Es una batalla contra el materialismo en todos los frentes, y dentro de ellos, en los frentes del espíritu: la estética, el ocio, el decoro, la moral, el amor y las lealtades, todo eso que es patrimonio del hombre y no del mono desnudo que está diseñando el neoliberalismo; es el magma que un día puede reventar y dispararse hasta herir las nubes.