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¿Para qué llevar a las masas a huertos estériles?


Ernesto Ladrón de Guevara | 05/11/2021

Cuando Gramsci elaboró su teoría de hegemonía cultural, la superación de las resistencias a la revolución socialista por unos pueblos que no eran receptivos a la idea de la subversión de valores. Consideraba que las estructuras cognitivas estaban lastradas por el capitalismo dominante que había generado una forma de concebir la vida y la existencia impregnada de elementos de la civilización judeocristiana que había que demoler para que en Italia la gente fuera más asimilable a un enfoque marxista y más receptiva a esa transformación de estructuras. Para ello había que cambiar los filtros con los que se percibe la realidad.

Mao Tse Tung hizo lo propio con su revolución cultural. Antes de un gran cambio de civilización, decían, había que modificar la forma de pensar de la gente, aplicarla un lavado profundo de cerebro, sembrar la semilla de una nueva manera de concebir las realidades. Sin eso no sería posible ningún cambio profundo.

Es evidente que esa manera de elaborar proyectos de sociedad nada tenía que ver con el concepto de individualización de las personas para que sean libres y autodeterminadas, que puedan definir su propio proyecto de vida, que tengan su dignidad y se preserven sus derechos individuales, sin perjuicio de considerar que la propiedad privada pueda tener también una dimensión de utilidad pública. Es decir, conciliar el bien individual con el general, y aceptar la dimensión social de las personas que son poliédricas en su ser complejo.

Yendo a lo concreto, en España, quienes más se han significado en esa manera de ver su contribución al desarrollo de las sociedades según paradigmas de totalitarismo blando (concepto acuñado por Iñaki Ezkerra que ha dado título a uno de sus libros) han sido los nacionalistas y la izquierda. Pero no solamente ambos, sino también unos partidos de centro derecha que están muy influidos por planteamientos masónicos o de servicio al mundialismo de Bilderberg; y de instituciones internacionales que quieren poner el poder mundial en manos de capitales transnacionales que nada respetan la soberanía de las naciones o el bienestar de las comunidades, y los propios derechos humanos que son esenciales para la dignidad de las personas.

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El objetivo de las izquierdas suele coincidir con las intenciones de unos nacionalismos rupturistas que pretenden desgajar partes de naciones históricas para constituir movimientos totalitarios que nos devuelven a épocas feudales. La interpretación se guiaría con un razonamiento de este tenor: «Si descomponemos los estados nacionales diluimos su hegemonía cultural lo que nos permite iniciar, como si de una tabla rasa se tratara, un nuevo proceso de configuración mental y reprogramación, lo que posibilita una etapa intermedia para lograr el socialismo real en comunidades más controlables, rompiendo estructuras mentales ligadas al hecho tradicional, formado otro nuevo ethos».

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El planteamiento de los nacionalismos de derechas, estúpidamente, llega a la misma conclusión operativa, sin considerar el riesgo de que una vez conseguido su objetivo sean liquidados por esa izquierda revolucionaria que logre su objetivo de llegar a una sociedad plenamente intervenida con métodos violentos; donde la persona sea un simple engranaje del sistema, y esté alienada en sus derechos individuales. Derechos, no lo olvidemos, que esa izquierda nunca ha respetado, como está a la luz de las experiencias de nuestro pasado u hoy en día, en países como Nicaragua, Cuba o Venezuela, por no decir otros más como Corea del Norte.

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El ejemplo de los nacionalismos vasco y catalán al final de la II República y en la Guerra Civil es suficientemente revelador al respecto y no ofrece demasiadas consideraciones pues es una muestra bastante grotesca de lo que estamos afirmando.

Ernesto Ladrón de Guevara (prólogo de Alba Lobera): Totalitarismo lingüístico: Un alegato contra el adoctrinamiento en las aulas. Ediciones La Tribuna del País Vasco (Octubre de 2021)

Imagen: Matthias Wewering: Figuras de Lego

Nota: Este artículo un extracto del citado libro

 

Ernesto Ladrón de Guevara
Ernesto Ladrón de Guevara López de Arbina es un alavés enamorado de su cuna natal. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Autor de libros como La Hispanidad descompuesta, Nueva defensa de la Hispanidad, Los nombres robados, Educación y Nacionalismo (Historia de un modelo), Educando: Alternativas a la farsa pedagógica, La configuración del sistema educativo en Álava: Centralización y foralismo y La conformación de las masas: Qué es educación y qué no es. Lleva años colaborando en diferentes medios de comunicación digitales con sus artículos críticos respecto al uso y el abuso de la educación como medio instrumental para el logro de objetivos políticos mediante el adoctrinamiento. En la actualidad, escribe en La Tribuna del País Vasco y El Correo de Madrid y colabora en Radio Ya.




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