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La pedagogía como pseudociencia o el fracaso del sistema educativo


Carlos X. Blanco | 15/02/2023

 Nuevo libro de José Antonio Bielsa Arbiol: Masonería vaticana

Imaginen ustedes que al sufrir una dolencia grave, en el consultorio de la Seguridad Social le atiende un curandero en lugar de un facultativo debidamente acreditado y colegiado. Lo razonable sería echar a correr y no dejarse caer en sus manos.

Imaginen ustedes que al frente del gobierno de su país, de su región o municipio, en lugar de ponerse el más competente de los gestores, con conocimientos económicos y jurídicos contrastados y dilatada experiencia de servicio público, se coloca un charlatán, un bandido con diez o doce másteres pirateados, empapelado con títulos de carreras de pega, diplomas sin reconocimiento oficial, esto es, un vendedor de humo y timador contumaz. Usted debería ser el primero en sacarlo de su tribuna y poltrona, expulsarlo a gorrazos.

Imaginen ustedes que la ufología, «ciencia» de los platillos voladores, o la astrología, «ciencia» del destino marcado por los astros, llega a contar con reconocimiento oficial académico y posibilidades grandes de contar con mando en plaza…

No hace falta mucha imaginación. Inútiles e incompetentes hay como para parar un tren en la bendita partitocracia española del régimen del 78. A los más tontos pero eficaces lacayos del partido, escasamente formados, se les ha puesto al frente de ministerios y direcciones generales para cumplir las directrices del FMI, UNESCO, OCDE, etc. Al más tarado peón del partido, nacido con el carnet entre los labios, se le ha dado gorra y autoridad y disfruta del cargo arruinándonos a todos. Y el currículum más insospechado o más parco ha servido a muchos para optar a una gorra y ejercer autoridad, sentar reales en despachos oficiales y succionar de las ubres públicas.

Sangrante es que se haya dado cobijo a la pseudociencia. Aún no conozco ministros ufólogos, astrólogos o cazafantasmas, pero todo se andará. Sí conozco una pseudociencia, acaso no muy diferente de estas otras, que no ha hecho otra cosa que ampliar su esfera de poder y destrucción. Es la pseudociencia de la Pedagogía.
Hablemos de la pedagogía o ciencias de la educación, que tanto da.

En los tiempos de mi juventud, las leyes vigentes en el último franquismo habían dado una muy discreta y prudente acogida a la «metodología» innovadora, a los criterios psicopedagógicos, a los aspectos no estrictamente académicos sino psicológicos y didácticos de la Enseñanza. Una reflexión pedagógica hecha por y para los propios profesores de enseñanza primaria y media no estaba mal, pero eso no daba materia suficiente para crear toda una «ciencia de la educación».

En especial, antes de la nefasta LOGSE los profesores de enseñanza media eran, por encima de todo, «profesores». No eran «educadores». Los chicos en edad de ir al Instituto tenían que venir ya educados, aseados, peinados y bien hablados, de su propia casa. Ahora ya no es así. El profesor ya no «profesa» las matemáticas o la filosofía, la lengua o la geografía… El profesor debe «atender a la diversidad», «aprender a aprender» y «enseñar a aprender a aprender». Además de eso, se le pide al profesor que «innove metodológicamente», que promueva la «inteligencia emocional» de los niños y de sí propio, que «prevenga el machismo, la xenofobia, el ciberbullying y el sucidio»… Y debe hacer todas estas cosas, todas, salvo profesar verdaderamente su ciencia y transmitirla.

La pedagogía como pseudociencia ha eliminado al profesor. Lean las directivas que emanan de la UNESCO y de mil entes globalistas dispuestos a transformar el mundo, esto es, dispuestos a acabar con él: el profesor es un «mediador». A base de convertirse en «educador», cuando ya son pocos los niños que vienen educados de casa, admite éste pobre trabajador de la enseñanza en el cambio de rol, y se trasviste obligado: ahora es un dinamizador, una vedette de las «estrategias», las «destrezas», las «competencias».

Me gustaría decirles a todos los pedagogos, a todos, incluso a los más serios y responsables, los hay, que su saber no es saber y que el aporte terminológico (cada día más abstruso y ridículo) que ellos promueven es nefasto para la calidad e inteligibilidad de nuestro sistema educativo. Queriéndolo o no, consciente o inconscientemente, los pedagogos se están convirtiendo en los agentes más eficaces de la ingeniería social y del nefasto Nuevo Orden Mundial. Deberían, deberíamos todos, ser muy conscientes de lo siguiente: un cupo de «especialistas», un gremio de peritos en una mera formalidad (¿y qué es la Educación, salvo una mera formalidad si el chico no viene ya educado de casa, educado por su padre y su madre?) está contribuyendo a la degradación de la Enseñanza en nuestro país. Una degradación que va pareja a la degradación de la sanidad, el orden público, la justicia y mil campos más de eso que un día se llamó estado del bienestar.

La Enseñanza, especialmente la enseñanza media, es cosa de especialistas en distintas ramas del saber, las cuales no son muchas pero sí todas esenciales (matemáticas, filosofía, ciencias naturales, lengua, historia, arte). Los especialistas, y máxime si ya llevan décadas enseñando, conocen artesanalmente los métodos que han demostrado eficacia, y, empíricamente, los han ido perfeccionando de una manera muy personal e inefable. No existe una «metodología general» de la ernseñanza, y, por ende, no existe una ciencia que la conozca y que pueda dar lecciones al especialista. Si yo soy un profesor que llevo algunas décadas enseñando filosofía, y me sé ciertos trucos y métodos artesanales que me van bien a la hora de explicar una materia que, ante todo, debo dominar científicamente, eso estrictamente me basta. Debes saber mucho de lo tuyo, y después ponerle humanidad. No hay otro secreto. No puedo ver en un pedagogo ávido por darme lecciones (aunque sean consejos) «metodológicos» otra cosa que un intruso o un pretencioso. ¿Es que el pedagogo es una suerte de «metodólogo general»? No puede saber este «científico» de la educación lo que me va bien a mí, en mi especialidad, y a la vez saber lo que va bien al profesor de lengua o al de ciencias…

Al final este formalismo pedagógico, la pretensión desmesurada por imponerse, de alzarse uránicamente por encima de los especialistas en nuestros respectivos campos, nunca avalada por resultados positivos tangibles, sólo nos ha traído, desde el pedagogismo desbocado iniciado por la LOGSE, y enloquecido hoy en la LOMLOE, miserias como estas:

a) Nuevos cambios terminológicos, sumamente pedantes y desconectados de cualquier ciencia positiva. Nunca han dejado claro qué es una «competencia», qué es un «saber básico», qué es una «destreza», etc. Magos de la confusión y de la superchería, todo lo basan en el culto a la jerigonza, todo lo confían al uso de palabras sin sentido.

b) Negacionismo, apartamiento de la realidad. Si los niños no estudian, no hay que regañarles ni obligarles a hacerlo. Es el profesor el que debe «hacérselo mirar». Debes revisar tu «metodología», cambiar tu «programación» (¡por favor, que alguien me demuestre que una programación didáctica ha servido alguna vez para algo!). En materia de comportamiento, lo mismo: si el niño es grosero, desobediente o «disruptivo», es el profesor quien ha de «ganárselo». Pero si los profesores, desde la LOGSE hubiéramos negado la mayor, diciendo ¡no somos educadores!, queos niños, que vengan ya educados de su casa y, de lo contrario, a ella serán devueltos… entonces otros gallos cantarían en este corral.

c) Ingeniería social. El profesor como «mediador», no como alguien que sienta cátedra, no como alguien subido a un pedestal. La escuela que han conseguido nuestros pedagogos, en todo Occidente, ahora es entendida como un inmenso almacén donde se pudre la juventud y, no, por ejemplo, un santuario donde los niños de clases desfavorecidas encuentren un ascensor social (y esa fue la escuela y la enseñanza media española, desde 1950, más o menos, hasta 1991… un hermoso ascensor social para los humildes). La ingeniería social, de la mano de orientadores, pedagogos, inspectores y otros «dinamizadores», hará de los centros escolares unos sitios donde se juega, se interactúa con pantallas, se imparte educación afectivo-sexual y proliferan talleres contra las fake news, además de organizar más viajes que una agencia, pero también la Escuela se convierte en un tugurio donde los muchachos no saben ya hacer una «o» con el canuto correspondiente. Todo esto es contribuir a la ingeniería social, al destino negro que los grandes señores han previsto para Occidente: una descualificación programada (concepto sobre el cual ya llevo muchos años escribiendo).

No hay una «metodología general de la educación» porque no existe una ciencia de la educación. No existe una ciencia de cualquier cosa. Es como si me hablan de una «ciencia del bricolaje» o una «ciencia del toreo». No concedo credibilidad ni legitimidad a esa pseudociencia ni a la jerga ni a las recomendaciones e imposiciones de unos «especialistas en todo» que, en muchas ocasiones, demuestran no saber nada.

Carlos X. Blanco: La geopolítica del Imperio Español. Letras Inquietas (Noviembre de 2022)