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El nuevo conformismo de izquierdas


Diego Fusaro | 20/11/2021

Las instancias revolucionarias y teñidas de rojo del comunismo han sido sustituidas por lo que Pasolini ya condenaba como «conformismo de izquierdas», que hoy se presenta bajo la bandera del arco iris y bajo los tonos cromáticos del fucsia. Es lo que también podríamos definir como el escasamente glorioso tránsito de la izquierda comunista a la izquierda posmoderna y liberal.

No sólo la izquierda ha abandonado la igualdad por la homologación y el internacionalismo por el globalismo mercantilista: en nombre del mito del progreso (del capital, por supuesto), la izquierda arco iris, allí donde se ha encontrado en el gobierno, ha desmantelado todo lo que la izquierda roja había implantado (las pensiones y las 35 horas, los contratos indefinidos y el estatuto de los trabajadores). Ha asumido con brío las luchas de la patronal y del capital, su tradicional enemigo.

Como se subraya más ampliamente en mi libro Glebilización, la izquierda se adhiere al neoliberalismo escondiéndose detrás de la consigna del debilitamiento del Estado-nación, identificado en su totalidad con el fascismo: fingen no saber que este debilitamiento sólo emancipa a las clases dominantes y al mercado, ya que el Estado-nación, lejos de estar agotado por la experiencia del fascismo, era también el lugar de los derechos sociales y del control más o menos socialdemócrata de la economía.

En lo que puede considerarse, con razón, el agotamiento de la dicotomía entre una derecha y una izquierda, y en coincidencia de facto con los partidos representativos de los de arriba contra los de abajo (del Señor contra el Siervo), reina por doquier un extremismo de centro, en el que las fuerzas no alineadas con el ordo oeconomicus son apartadas y las fuerzas de la arena política transmiten el mismo mensaje en formas plurales, fragmentando y haciendo aparecer lo mismo como múltiple.

De este modo, la alternancia sustituye a la alternativa. O, si se prefiere, prevalece una alternancia unidireccional que esconde el liberalismo (el único horizonte permitido) detrás de un pluralismo prodigioso: en el que las pluralidades reafirman siempre lo mismo, a saber, la soberanía del mercado global y la supremacía geopolítica atlantista.

Si el siglo XX, con los regímenes que lo poblaron, experimentó la forma infame del partido único (con persecución y exclusión de todos los demás), la era de la alternancia sin alternativa experimenta, por su parte, la figura inédita de la racionalidad política única: esta racionalidad política única, que coincide con el liberalismo como gobierno de los mercados y para los mercados (o, si se prefiere, como reducción de lo político a una continuación de lo económico por otros medios), exige que se subordine la competencia entre partidos y la alternancia sin alternativa del frente único liberal-nihilista que forma la bipolaridad engañosa de derecha e izquierda.

La racionalidad política única del liberalismo hace que la izquierda y la derecha se resuelvan de facto y más allá de las apariencias en dos facciones de la oligarquía política hegemónica, es decir, del bloque oligárquico neoliberal dominante: cuyos intereses de clase reflejan de forma unitaria cuanto más disimulan esta unidad granítica tras la aparente oposición. En la era de la alternancia sin alternativa, se permite ser liberal de derechas y liberal de izquierdas, pero no se permite no ser liberal, so pena de ser vilipendiado y marginado a través de las oportunas categorías criminalizadoras de la neolengua.

 

 

Existe, en efecto, una cierta diferenciación de la oferta política, entre el sector de la derecha y el de la izquierda, en el mercado electoral: por otra parte, el mercado vive de múltiples ofertas, todas diferentes y, al mismo tiempo, todas orgánicas al mundo de la libre circulación. En otras palabras, las mercancías deben diversificarse, pero siempre (este es el punto) deben confirmar el orden de la mercantilización: si se elige la mercancía A o la mercancía B, se elige el mundo de las mercancías.

Esto, por tanto, da lugar a una elección que sólo nominalmente puede llamarse tal: la verdadera elección, en efecto, consistiría en eludir la elección preordenada entre un A y un B que son expresiones diferentes de lo mismo; consistiría, en consecuencia, en optar por un tertium datur que, irreductible a lo existente, cuestionaría realmente el orden que A y B, con su falsa antítesis, simplemente ya reconfirman.

Al igual que en el caso de las mercancías diversificadas, la diferenciación política entre los sectores de la derecha y de la izquierda existe, pero nunca toca (ni siquiera menciona) los fundamentos del bloque hegemónico de la oligarquía neoliberal y del nuevo orden mundial mercantilista. El sector de la izquierda fucsia es, por ejemplo, más libertario en la cuestión de la moral individual, mientras que el sector de la derecha azulada (que siempre se ha preocupado más por el dinero que por los intereses nacionales) es más abiertamente liberal en la esfera de la economía: pero, al margen de estos matices, la visión de la economía y de las relaciones entre los hombres sigue siendo la misma y responde al nombre de liberalismo o, si se prefiere, gobierno por el mercado.

Diego Fusaro: 100% Fusaro: Los ensayos más irreverentes y polémicos de Diego Fusaro. Letras Inquietas (Julio de 2021)

Imagen: Fabio Carbone: Mural izquierdista

Traducción: Carlos X. Blanco

Fuente: 21Avig

 

Diego Fusaro
Diego Fusaro (Turín, 1983) es profesor de Historia de la Filosofía en el IASSP de Milán (Instituto de Altos Estudios Estratégicos y Políticos) donde también es director científico. Consiguió el doctorado en Filosofía de la Historia en la Universidad Vita-Salute San Raffaele de Milán. Fusaro es discípulo del pensador marxista italiano Costanzo Preve y del renombrado Gianni Vattimo. Es un estudioso de la Filosofía de la Historia especializado en el pensamiento de Fichte, Hegel y Marx. Su interés se orienta hacia el idealismo alemán, sus precursores (Spinoza) y sus seguidores (Marx), con un énfasis particular en el pensamiento italiano (Gramsci o Gentile entre otros). Es editorialista de La Stampa e Il Fatto Quotidiano. Se define a sí mismo «discípulo independiente de Hegel y Marx».




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