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La naturaleza del hombre en la mitología griega


Alex Capua | 03/11/2022

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La ascensión de Hércules al Olimpo en un carro tirado por cuatro caballos simboliza el hecho de que Hércules era un héroe solar, patrón de los Juegos Olímpicos. Cada caballo representaba un año, mientras que los cuatro caballos juntos representarían los cuatro años entre las Olimpiadas.

Cada héroe alcanza su máxima capacidad productiva y el mejor estado posible cuando desarrolla plenamente su naturaleza. Esto se llama la areté, la virtud. El hombre se inclina a ella por las fuerzas germinativas que lleva dentro de sí desde el nacimiento, pero estas son «semillas», «chispas» y él mismo debe alcanzar el desarrollo y la virtud por su propio esfuerzo. Heracles es un buen ejemplo.

La sensibilidad griega no se expresa con un «debes», sino con un «tú puedes». Las plantas o los animales llevan en sí mismos una autodeterminación innata que les hace alcanzar una satisfacción acorde con su naturaleza; asimismo, el hombre debe desarrollar plenamente su esencia particular sólo para alcanzar su naturaleza, la areté, y en ella debe residir también su eudaimonia, palabra griega que originalmente significa que el hombre tiene su propio daimon por el cual se guía.

Daimon es sinónimo de Theos (Dios), pero en Homero y Hesíodo designa dioses o divinidades en general. Por ejemplo: cuando Homero dice de Licaón que un dios «lo arrojó en manos de Aquiles» (Ilíada, XXI, 47), no se refiere a un dios específico, sino a un demonio (daimon). En Homero, la palabra daimon se aplicó a los dioses como un poder indefinido; sin embargo, Hesíodo es el primero en referirse con esta palabra a deidades menores (Obras y Días, v. 123).

Así, los demonios de Hesíodo no actúan como seres intermedios entre los dioses y los hombres. Fueron concebidos como seres inmortales que vivían en un plano intermedio, participando de la acción invisible y de la vida eterna de los dioses. En Homero, el demonio ejerce una acción benéfica o maléfica sobre la humanidad (Ilíada, XV, 418, 468; XXI, 93). De ahí nació el término polidemonismo, es decir, la creencia en muchos demonios que rodean la vida del individuo.

En el campo filosófico, Pitágoras expresa que «el aire está lleno de almas que se llaman demonios y héroes. Son las que envían a los hombres sueños y señales de enfermedad y salud» (cf. D.L., VIII, 32). Aquí, el término cambia radicalmente, en comparación con Hesíodo y Homero, porque los pitagóricos enfatizaron la idea de que el alma recibía con cada renacimiento un nuevo daimon.

En Platón, el término daimon oscila entre matices muy específicos: el daimon-consejero que guía al hombre durante su vida y conduce su alma ante los jueces después de su muerte (Fedra, 242); el daimon-alma, un alma racional dada a cada hombre (Timeo, 41e); y, finalmente, el producto de un dios y un mortal (Leyes, IV, 717b).

En Sócrates se refiere al guía del alma durante la vida y después de la vida, es un protector personal que acompaña y dirige: «No sé qué divino y demoníaco me pasa… Es una voz que se hace oír de mí y que, cada vez que me pasa, me distrae de lo que posiblemente esté por hacer, pero que nunca me empuja a la acción» (Apología de Sócrates, 31d).

¿Cuál es la naturaleza del hombre?

Las corrientes filosóficas griegas expresan que sólo el logos puede indicar al hombre su fin y moldear correctamente su vida. En el mundo de la Tradición, indica que el hombre comparte el principio activo de la eternidad (el Atman). Entendemos así que el hombre se considera eterno, pero no inmortal; todo lo contrario de los dioses.

El Atman anida sólo en el hombre, en estado latente, es la semilla divina. La meta del hombre es el despertar de la semilla divina a través de la iniciación. Hércules (con la realización de sus doce trabajos), Jasón (en la búsqueda del Vellocino de Oro), Odiseo en su regreso a Ítaca, son claros ejemplos de procesos iniciáticos para el despertar de la divinidad en el hombre.

En resumen, con Hércules aprendemos que la naturaleza del hombre está orientada hacia el desarrollo y mantenimiento de nuestra esencia dada por la naturaleza. Si damos la espalda a lo Trascendente, nos desviamos de nuestra naturaleza, nos separamos de nuestras raíces, es decir, de todo lo que es de origen divino con sus múltiples manifestaciones a nivel humano. La división hombre-divinidad ocurre cuando fallamos en reconocer nuestra verdadera naturaleza. Hércules, Jasón, Teseo, Ulises nos recuerdan en sus perennes relatos nuestra naturaleza divina y la lucha diaria y continua que debemos llevar a cabo para lograr este desarrollo espiritual.

Fuente: Euro Synergies

Imagen: Felix Mittermeier: Estatua de Hércules