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La piedad como virtud básica de una sociedad justa


Manuel Fernández Espinosa | 14/03/2020

Eso de la piedad… ¿es una virtud? ¿Es un don del Espíritu Santo? ¿Es simple compasión? ¿Benevolencia tal vez? ¿Acaso simpatía? Pocas palabras hay que presenten una multiplicidad de significados como el vocablo contiene. En un lento proceso de miles de años, la piedad se ha ido convirtiendo coloquialmente en sinónimo de compasión, conmiseración, misericordia, religiosidad y, superponiéndose otros significados, se ha ido dotando de una polisemia que conviene precisar si queremos recuperar aspectos originales de ella que, en el curso del tiempo, se han desvanecido.

En teología cristiana se define piedad como un hábito sobrenatural infundido por el Espíritu Santo para excitar en la voluntad un afecto filial a Dios como Padre, así como un sentimiento de fraternidad para con todos los hombres, en cuanto hijos del mismo Padre Celestial. Pero, para precisar mejor la piedad originaria (la piedad más activa en el orden social), sería conveniente que recobráramos su sentido originario remontándonos a remotas edades, anteriores al cristianismo. De ahí que tengamos que recurrir a los antiguos tiempos del pre-cristianismo, antes de convertirse la piedad en concepto teológico cristiano, entendida como don del Espíritu Santo para actuarse en la vida cristiana de relación con Dios y con los prójimos.

Fides, Maiestas, Virtus, Gravitas, Constantia y Frugalitas

Para ello y, sin que etimologicemos más de lo necesario, sería conveniente tener una noción del origen del vocablo. Parece convenido entre los filólogos que piedad (del latín, pietas/pietatis) derivaría de la raíz indoeuropea peu- que significa purificar o limpiar. En la antigua Roma la piedad era una de las siete costumbres de los antepasados (Septem moris maiorum) de los romanos, formando parte de un egregio elenco: Fides, Maiestas, Virtus, Gravitas, Constantia y Frugalitas. La piedad era la devoción y reverencia del miembro de la comunidad (familiar y cívica) a 1) los dioses, 2) a los parientes (padres, hermanos y demás parentela) y 3) a la patria. Contra las costumbres foráneas (helenizantes o asiáticas) el ciudadano romano encontraba en esas virtudes de sus mayores uno de los modos de ser romano, para lo que era educado desde temprano en esos hábitos, inculcándole el empeño de vivirlos para ser una viva encarnación de ellos: hasta tal punto que vivir conforme a esos hábitos de los ancestros era lo que le dotaba de la plenitud de sus derechos ciudadanos. Vivir la piedad (lo mismo que las otras costumbres) era la moral romana y el timbre de integridad del buen romano. Pius in suis (Fue piadoso para con los suyos) era uno de los epitafios que solían labrar los romanos en sus lápidas mortuorias. El mítico antepasado de los romanos, Eneas de Troya, se caracteriza por su piedad: por piedad filial había llevado a su padre en hombros, para sacarlo de una Troya dada al fuego y al saqueo tras la infiltración de sus enemigos en el interior de sus muros, por piedad filial, en la Eneida de Virgilio lo vemos descender a los infiernos (entendidos como morada de los muertos), donde una vez que se encuentra con su progenitor, le dice: «¿Esa piedad tuya que tu padre anhelaba/ha podido vencer el duro camino?» (Canto VI de la Eneida). Eneas se convierte así en el héroe caracterizado por su pietas. Los romanos llegarían incluso a divinizar esta virtud, rindiéndole culto a la diosa Piedad.

Plutarco aportará una definición de la piedad: la piedad la contempla, muy aristotélicamente, como el término medio entre el ateísmo y la superstición. El ateísmo es censurable, pero la superstición no lo es menos, hasta se muestra más intransigente con las actitudes supersticiosas: en su breve tratado sobre la cuestión, Plutarco entiende como superstición presumir de los dioses actitudes que no se compaginan con su grandeza y hasta podría interpretarse que la superstición, según el filósofo, es la actitud que desconfía de la bondad divina y escrupuliza hasta extremos intolerables, por lo que tacha la tendencia supersticiosa incluso con más acritud que la tendencia ateísta.

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Latría y dulía

Con el cristianismo, la piedad se sobrenaturaliza. Si bien la piedad no es una de las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), tiene una relación muy estrecha con estas. De entre las cuatro, la justicia, definida como aquel comportamiento moral que da al prójimo lo que le pertenece, pareciera ser la que más íntimamente se relacione con la piedad. Pues piedad sería darle a Dios lo que le pertenece: adoración (latría) y devoción a sus santos (dulía), dar a los padres lo que les pertenece: gratitud y piedad de parte del engendrado respecto a sus progenitores en su condición de engendrado, por lo que no emana directamente del bien común, aunque cabalmente por el bien común la debe por ser los padres el principio de aquel hijo que les debe tanta gratitud y respeto piadosos y darle a la comunidad lo que le pertenece, por esa misma razón. Pero aunque ligada a la justicia, la piedad: sin prudencia, sin fortaleza y sin templanza podría desnaturalizarse y ser otra cosa: es lo que le ocurre al Eutifrón del diálogo platónico homónimo de Platón que coincide con Sócrates cuando va a denunciar a su propio padre por entender que su progenitor es un homicida. Sin la fortaleza, la piedad debida a Dios podría zozobrar si nos dejáramos llevar por la flojera. Y sin la templanza, la piedad debida a los padres podría llevarnos, en caso de fallecimiento, a un duelo desmesurado que podría arruinar nuestras vidas.

Merece que nos detengamos en el Eutifrón de Platón, pues pese a ser un diálogo de juventud y, como es sólito en estos, no aportar una conclusión, es interesante considerar que Eutifrón, preguntado por Sócrates, ofrece varias definiciones de piedad. La primera que se atreve a aportar es que la piedad sería «acusar al que comete delito y peca, sea por homicidio, sea por robo de templos o por otra cosa de este tipo, aunque se trate precisamente del padre, de la madre o de otro cualquiera». Como Eutifrón responde con su caso particular (recordamos que se encuentra con Sócrates cuando se dispone a denunciar a su mismo padre), Sócrates le pide que le dé una noción más general. La segunda que brinda Eutifrón es que «lo piadoso» es «lo que agrada a los dioses», a lo que Sócrates le plantea que, habiendo tantos dioses y teniendo estos no pocas controversias, lo que a uno o unos agradaría posiblemente no sería del agrado de los otros.

La objeción socrática conduce a Eutifrón a redefinir su segunda definición de piedad: sería piadoso lo que agrada a todos los dioses e impío lo que desagrada a todos. En este rifirrafe entre Sócrates y Eutifrón emerge el dilema de Eutifrón: ¿Es el piadoso amado por los dioses porque es piadoso o es piadoso debido a que es amado por los dioses? Siglos más tarde, Leibniz se preguntaría si lo bueno es bueno porque Dios lo quiere o si Dios lo quiere por ser bueno. W. L. Craig cortaría por lo sano: Dios quiere algo bueno porque Él es bueno. Pero dejando estos dilemas a un lado, que nos apartarían de nuestro propósito aquí y ahora, nos concierne tomar en cuenta que para Sócrates la piedad es de algún modo una parte de la justicia. Eutifrón cree que la piedad es parte de la justicia en lo que se refiere al cuidado (culto a) de los dioses, mientras que lo que se refiere a los hombres es la parte restante de la justicia. El diálogo no llega a ningún puerto, pues Sócrates vuelve a la carga y plantea a su interlocutor que si a los dioses les hace falte la piedad de los seres humanos para algo o si ésta les beneficia, mejorándolos o permitiéndoles producir alguna cosa. Eutifrón, puesto ya en el callejón sin salida de la perspicacia socrática, se contradice y poniendo una excusa huye el envite de Sócrates, por lo que el diálogo queda sin ofrecernos una definición plausible de la piedad.

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En cuanto al diálogo socrático sobre la piedad, queda asentada la estrecha relación entre piedad y justicia, pero las interrogantes que plantea Sócrates quedan sin responder. Tal vez, retomando esta cuestión (y permítasenos considerarlo desde una perspectiva monoteísta y no politeísta como en su origen y contexto era), cabe afirmar que a Dios no lo puede mejorar nuestra piedad, pues no hay por definición nada que mejorar en Dios, ni tampoco puede beneficiar nuestra piedad a Él que es la fuente de todo beneficio. No obstante, sí que queda abierta una brecha abierta en todo el intrincado panorama que nos presentan las postreras objeciones de Sócrates: a Dios la piedad, nuestra piedad, sin serle necesaria sí lo dispone a producir para nosotros una cosa muy importante que entra en sus planes salvíficos, con perfecto respeto a nuestro libre albedrío. Dios se complace en nuestra piedad, podríamos decir, por lo que nuestra piedad para con Él, para con nuestros progenitores, para con nuestros prójimos y para con nuestra patria (realizada con fortaleza, con templanza y con prudencia) abre las compuertas de la gracia que Él quiere derramar sobre nosotros, sobre nuestros padres vivos o difuntos, sobre nuestros prójimos y nuestra comunidad para remedio de nuestras necesidades temporales y, lo que más importa, para nuestra salvación.

Dimensión de la justicia

Parece claro, pese a lo somero de nuestra exposición, que la piedad es una dimensión de la justicia. Lo fue de un modo incompleto en épocas paganas que barruntaron que el mejor suelo para levantar una civilización humana era la justicia y que, parte muy importante de la justicia, era la piedad. Y lo es, de un modo mucho más perfecto, en el cristianismo, cuando la piedad (formando indisoluble parte de la justicia) se sobrenaturaliza permitiendo una relación fructífera entre los seres humanos y lo divino, estableciendo la base de una religiosidad sólida que cimente la personalidad, rogando y hallando respuesta del Altísimo para las necesidades personales y comunitarias de la comunidad familiar, comunitaria… Una virtud natural y sobrenatural que constituye la genuina vida religiosa del hombre y de la sociedad. Por eso es la piedad en teología cristiana un don del Espíritu Santo: pues siendo por naturaleza piadosos es como se puede pedir para que Dios sobrenaturalice esa piedad, derramándola sobre los que la impetran para alcanzar los bienes que sólo Él puede dispensar.

Así es como una sociedad impía termina siendo una sociedad sin benevolencia, sin compasión, desalmada, antipática. No es que la piedad sea benevolencia, no es que la piedad sea compasión, tampoco es simpatía: es que la piedad es la base firme de toda benevolencia, compasión y simpatía entre los seres humanos, y esa benevolencia, compasión y simpatía que dispensa la piedad (templada, prudente y robusta) hace imperar la justicia entre los hombres y granjea hasta milagros, atrayendo las bendiciones de Dios.

Imagen: Juan M. Romero: La Piedad del Vaticano o Pietà es una escultura hecha en mármol realizada por Miguel Ángel entre 1498 y 1499.

 

Manuel Fernández Espinosa
Manuel Fernández Espinosa es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Pontificia de Salamanca con estudios de postgrado y diplomado por la Universidad Pontificia de Comillas. Ha sido profesor de Filosofía e Historia de España en la enseñanza secundaria y profesor de religión y moral católica de la Diócesis de Jaén. Desde 1998 desarrolla una labor de revisionismo histórico centrada en el estudio del carlismo decimonónico y en los movimientos de repoblación cristiana de los territorios reconquitados por Fernando III el Santo. Además de sus dos líneas de investigación histórica es especialista en mística española del siglo XVI y también en esoterismo y movimientos de nueva espiritualidad (sectas). Ha colaborado puntualmente con varios medios de prensa escrita como Diario Ya, Diario Jaén y Crónica de Jaén, plataformas digitales como Arbil, radiofónicas y televisivas. Ha fundado revistas universitarias (El Mirador), parroquiales (El Apóstol de San Pedro) y locales (Órdago).

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