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¿Por qué la Unión Europea es una tragedia para los pueblos y para los trabajadores?


Diego Fusaro | 09/06/2023

 Nuevo libro de Santiago Prestel: Contra la democracia

De acuerdo con los tratados de Maastricht de 1992 (artículo 104) y de Lisboa de 2007 (artículo 123), los estados europeos se han visto privados de la posibilidad de endeudarse con sus bancos centrales. Además, el estado ha abandonado el derecho a acuñar moneda. Los estados transfirieron este poder soberano al sector privado, del cual ellos se convirtieron en deudores.

Gracias a las actuaciones con las que se disfrazó la crisis de la deuda privada de los bancos como crisis de la deuda pública de los Estados, se neutralizó la soberanía monetaria y, con ella, se invirtió por completo la relación entre el Estado y la economía. Es esta última la que es soberana, donde el Estado, allí donde todavía existe, se convierte en el puro defensor del capital y su lógica, con la reconfiguración consiguiente de la política como mera continuación de la economía por otros medios.

Desde el tableau économique con el que los fisiócratas intentaron dirigir las políticas económicas del rey de Francia, la modernidad ha estado habitada por la aspiración de sustituir la política por la economía. Esta es, como sabemos, la esencia misma del capital tal como lo esboza Marx y la galaxia de sus discípulos heterodoxos.

Desde la época del laissez-faire, se viene imponiendo la figura del gobierno frugal, destinado a revertirse en la desregulación y en la nueva gestión pública del estado mínimo con una economía despolitizada posterior a 1989, con tiranía de la deuda, dictadura de mercado y chantaje a la «confianza de los inversores» y gestores del capital financiero internacional.

Tal es la esencia de la nueva «democracia sin pueblo», es decir, del sistema globocrático que, en abstracto, se presenta como democrático y, en términos concretos, se determina como un plebiscito posdemocrático de mercados despolitizados.

En este panteón de funciones expresivas del liberalismo, la figura del «Estado mínimo» es central (con el mot d’ordre preferido por los bardos del cosmomercatismo, «menos Estado y más mercado»): su objetivo es controlar las reglas de mercado y la competencia, así como el establecimiento de una política monetaria articulada en la estabilidad de la moneda y el control de precios.

En este sentido, cabe recordar que el 2 de febrero de 2012 entró en vigor el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad), que introdujo la regla de la «condicionalidad».

De acuerdo con esto último, la ayuda financiera se concede únicamente a los estados de la Unión Europea que, a cambio, se comprometen a implementar un programa de reformas y -así en el texto, con un léxico marcadamente orwelliano- de «ajuste macroeconómico» consistente con las tendencias neoliberales.

Estas tendencias, ça va sans dire, siempre coinciden con la privatización de los servicios públicos, con la reducción de los salarios, con la rebaja del gasto público, con la abolición de todas las restricciones a la circulación de mercancías.

Es decir, mutato nomine , el programa político habitual de la aristocracia financiera sans frontières. Se despliega así el chantaje de la ayuda financiera condicionada, a través del cual se activa el «mercado de reformas» deseado desde arriba para beneficio de los de arriba.

Con el MEDE, los Estados «ayudados» son privados de su autonomía política: y se ven obligados, so pena de caer en la pobreza, a aceptar reformas dictadas desde fuera, siempre en beneficio de la oligarquía financiera y en detrimento de la inmensa masa precaria postburguesa y postproletaria.

El Banco Central Europeo puede, de hecho, retener discrecionalmente la liquidez de los sistemas bancarios de los estados miembros que se niegan a seguir sus preceptos sobre políticas presupuestarias, sectores públicos y la estructura de los sistemas de formación de salarios.

A esto se suma el «Tratado de estabilidad, coordinación y gobernanza», firmado en Bruselas el 2 de marzo de 2012. Los parlamentos nacionales quedan privados de competencia en materia presupuestaria. Pierden definitivamente uno de los pilares de los sistemas democráticos nacionales.

Sobre la base del MEDE, además, el peso decisorio de los países miembros de la Unión Europea es proporcional a los pagos y a la fuerza económica: con la consecuencia obvia de que Alemania, una vez más, puede hacer valer sus intereses ante todos Europa y sin tener que recurrir a la estética tradicional de la violencia bélica. El nacionalismo belicoso no ha sido derrotado: ahora simplemente se da bajo una forma modificada, bajo el signo de la primacía de lo económico sobre lo político.

La inmensa violencia conectada con los procesos de globalización en Europa implementados por la Unión Europea son, más comúnmente, referidos como «reglas» por la neolengua del cosmomercado. Europa está ahora bajo la tutela de una autoridad libre de toda legitimidad democrática.

Se entrega el poder a los mercados financieros especulativos, libres de imponer sus propias necesidades y orientaciones sin límites. La economía de mercado es ahora la única realidad concretamente soberana, ya que la política, por su parte, se convierte en una mera variable dependiente de la economía financiarizada.

Esto demuestra cómo el proceso de integración europea (que sería más apropiado definir como un proyecto de integración liberal y de revolución pasiva de las élites financieras) ha logrado perfectamente su objetivo, es decir, el debilitamiento de las clases trabajadoras en beneficio de los señores del capital sin fronteras (alias «los amos de las finanzas mundiales») y, más en general, en la contracción de los espacios democráticos.

De hecho, en su esencia misma, la Unión Europea aparece como un sistema enteramente posdemocrático en todos los niveles: un sistema que ha deconstruido la posibilidad de que las masas nacional-populares influyan en las decisiones políticas y que reemplaza el gobierno democrático por la gobernabilidad, es decir, el gobierno sin la gente y orientada únicamente al funcionamiento imperturbable de los mercados liberados de las restricciones keynesianas de los estados nacionales.

Esto está indiscutiblemente respaldado por las prácticas ordinarias en las que se basa el Eurosistema. Van desde la puesta en marcha de los estados hasta el desvío de los parlamentos, culminando en el gobierno de tecnócratas irresponsables sin ningún mandato democrático.

La unión monetaria se convierte así en el punto de apoyo de la «nueva gobernanza europea», liberal y posdemocrática, centrada en prácticas que finalmente condenan a las clases dominadas a «morir por el euro».

Traducción: Carlos X. Blanco