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Escuelas que enseñan: la importancia del conocimiento


Carlos X. Blanco | 19/09/2023

 Nuevo libro de Santiago Prestel: Contra la democracia

La función tradicional de la escuela siempre ha sido la transmisión de conocimiento. En aquellos casos en que había buenos maestros, además, se lograba comunicar un amor al conocimiento.

En el último siglo y medio los estados más avanzados se habían comprometido en organizar de manera reglada y rigurosa la enseñanza en sus distintos niveles, logrando así una disciplina y homogeneidad de las masas (esto no hay que ocultarlo), pero también dotándose de un espléndido «ascensor social». Incluso en aquellos estados creados desde la desigualdad, y profundamente volcados hacia la perpetuación de la misma (por ejemplo, en el Occidente neoliberal), un eficaz sistema educativo siempre había servido como vehículo para la promoción social y la apertura de horizontes de algunos niños de origen modesto. En España lo pudimos ver también en los últimos tiempos de Franco, en un régimen autoritario: su riguroso sistema educativo (vigente hasta la promulgación de la LOGSE, 1990) hizo posible una elevada transmisión de conocimientos y una amplia elevación del nivel educativo de (casi) todos los niños y jóvenes que lo supieron aprovechar. Un país sumido en el analfabetismo y miseria, así estábamos en los años de posguerra, alzó el vuelo como nación moderna e industrializada, gracias –en parte- a un sistema de educación basado en la disciplina y el esfuerzo, un sistema que creó capas de población aptas para acceder a estudios superiores de universidad y formación profesional, capas las cuales eran imprescindibles para el propio desarrollo nacional como estado moderno e industrial.

Muchos de los que leerán estas líneas son sabedores de la importancia de haber tenido buenos maestros y escuelas serias. Con menos medios que los de hoy, el clima de trabajo en los tiempos pre-LOGSE era intenso (a veces muy severo) y la comprensión lectora, las habilidades para el cálculo, las reglas de urbanidad y una cultura general humanística y científica, por poner ejemplos, eran ganancias aseguradas en todo muchacho español bien escolarizado. Pero, como advierte el autor del libro que reseñamos, esas funciones transmisoras del conocimiento, valiosas en cualquier país sea cual sea el tipo de régimen imperante, están siendo abandonadas por la escuela actual, de la mano de las legislaciones más recientes.

Están siendo abandonadas las funciones cognoscitivas, a mi juicio, desde los tiempos de la nefasta LOGSE de 1990, «la reforma» que tantas esperanzas ingenuas despertó y que, en la práctica, supuso un inicio en el declive imparable de la autoridad del maestro así como un bajón estrepitoso en el nivel cultural de los alumnos. Pero el declive en aquella ley sólo comenzaba, y el no va más del despropósito llegó más tarde, con la LOMLOE de 2020, ley que en el año corriente (2023) va a lograr su plena implantación en España.

Quede dicho que Miguel Ángel no es ningún nostálgico. En varios lugares del libro se declara partidario ardiente de la innovación educativa, y él forma parte de una generación de docentes que (por nada del mundo) desearía volver a los golpes de vara, collejas y «listas de los reyes godos» (seguramente nunca se estudiaron listas completas de reyes godos, pero tampoco vendría mal conocer mejor a nuestros antepasados, dicho sea de paso). Innovación sí, pero con prudencia. Debemos seguir en educación un principio análogo al de la medicina: al realizar experimentos, antes de nada, no causar daño.

Estamos tratando con seres humanos en proceso de formación y es de todo punto necesario aplicar métodos educativos debidamente contrastados, procedimientos que contribuyan a lograr unos mejores y mayores aprendizajes en los alumnos. El aprendizaje cooperativo, el aprendizaje descubrimiento, el aprendizaje por proyectos, la digitalización de la enseñanza, el Diseño Universal de Aprendizaje (DUA), los estilos cognitivos, las inteligencias múltiples y la inteligencia emocional, y tantos otros métodos que se imponen por ley (atentando contra la más básica libertad de cátedra) no son mejores que otros métodos motejados de «tradicionales». Incluso hay evidencias científicas que señalan que son peores. Y las ciencias que fundamentan la educación (psicología, neurociencia) no los avalan. A partir de este libro podemos sacar conclusiones y advertencias.

El método, por sí solo, no garantiza un éxito educativo. Un buen método en manos de un mal maestro, o recayendo sobre un alumno carente de voluntad y esfuerzo, solamente garantiza un desastre. Añadiremos a esto que un mal método (y en la LOMLOE o Ley Celaá se imponen varios de ellos), también garantiza el desastre. No son los métodos, es el maestro quien ocupa un lugar decisivo en la educación. Y el maestro está siendo sustituido por aplicaciones digitales y por las propias empresas del negocio digital, que exigen autoritariamente trabajar de una manera que le viene muy bien a sus bolsillos pero muy mal al estudiante.

Tirado, docente en enseñanza secundaria e inspector de educación, posee un amplio conocimiento de nuestro sistema. Él nos lanza un grito: este es un sistema abocado al fracaso, un sistema que ha lanzado por la borda la función esencial de la escuela: el conocimiento. Nuestras escuelas ya no enseñan. Pero alguno se preguntará: si no enseñan ¿qué hace un muchacho de secundaria sentado seis horas cada mañana en un instituto? La Ley Celaá pone el énfasis en una abstrusa «educación emocional» que nadie sabe definir ni evaluar, así como en unas competencias y “situaciones de aprendizaje” que sólo los gurús de la propia ley comprenden, si es que no han copiado chapuceramente y con la mente en blanco las directrices de la UNESCO, la OCDE y demás. Es una ley que no se preocupa realmente por la adquisición de cultura sino por convertir los centros en espacios de coaching, ámbitos lúdicos de socialización y adoctrinamiento en principios de una Agenda 2030.

El hecho es que los niños y jóvenes españoles de hoy son más incultos, groseros y con menos salud mental que los de la generación anterior, hablando en general. Son muchachos que leen menos, comprenden menos, calculan peor, desconocen más la historia, nada saben del universo, se entregan a conductas lesivas y perjudiciales, adoptan las creencias más irracionales, etc., Todo peor, siempre en comparación con los de las generaciones precedentes. El universo maravilloso de la LOMLOE, en donde se invita al menor a que «no se rompa la cabeza» con librotes densos ni clases magistrales («todo está en internet») ni con «listas de los reyes godos» (es mejor «aprender a aprender»), está resultando ser un universo horrendo, el averno. Aparentemente es el universo que un autor ha llamado «happycracia», pero que esconde el infierno de una juventud estropeada y entregada sin armas a las fauces del negocio de la ciberadicción. Es el universo infantojuvenil de las «manadas», de los acosadores, de la adicción al móvil y a las drogas (¡desde los doce años!). No es un paraíso gamificado: es una escuela de violadores, de hiperactivos, es el mundo de las epidemias de suicidios y de los «ninis».

Todo esto se solucionaba, evidentemente, volviendo a la escuela del conocimiento, de la disciplina y el esfuerzo.
Una escuela que transmite conocimientos, a mi juicio, es una escuela que también transmite sentido del esfuerzo, de la disciplina y de la voluntad. Una escuela en la que aprender contenidos científicos y culturales, y no abstrusas “competencias” es una escuela de gente responsable, que aprende desde muy pequeña el valor del trabajo bien hecho, la importancia de la dignidad propia al superarse. El respeto y admiración al docente que de veras enseña, y la satisfacción por aprender, da a un niño la medida de la importancia de no andar por la vida con la cabeza hueca, víctima de los adoctrinadores. A mi modo de ver, volver a la escuela de conocimientos y no de competencias es, en sí misma, la medicina que curaría de muchos males a nuestra juventud de hoy. Pero hay fuerzas muy poderosas a las que esto no le interesa.

Recomiendo muy vivamente este libro de Miguel Ángel Tirado. Es crítico, sin perder la mesura. Es incisivo, sin dejar de aportar numerosa bibliografía a sus argumentos. Es serio y objetivo. Es el libro de todo un profesional de la educación que huye de apriorismos ideológicos y que sólo busca una vuelta al sentido común y al rigor científico, aspectos que la LOMLOE ha abandonado casi por completo. Y recalco esto, pues me parece gravísimo que un país como España tenga vigente una ley basada en principios pedagógicos pseudocientíficos, una ley que imponga metodologías dudosas por decreto. Es grave que se haya aprobado una ley que reduce al docente a la mera labor de agente comercial de aplicaciones desarrolladas por las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), y vea en el maestro no a alguien con autoridad y saber, sino un mero «acompañante» en la gestión de emociones de un muchacho ignorante y ciber-embrutecido.

Miguel Ángel Tirado: Escuelas que enseñan: El conocimiento sí importa. Editorial Círculo Rojo (Noviembre de 2021)