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Pedagogía: el chamanismo en las aulas


Carlos X. Blanco | 22/02/2023

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Usted, si es docente, puede llevar treinta años de experiencia en las aulas. Para poder enseñar, ha de poseer una titulación universitaria. En la etapa de la enseñanza media, esa titulación debería ser especializada: el profesor de matemáticas, preferentemente, ha de ser matemático, y el de historia, debe ser historiador, y así con todas las demás áreas relevantes del saber. Debería pasar por una oposición con temario especializado, titulación superior y especializada, y además, los años de experiencia con alumnos de ciertas edades y con los trucos y métodos artesanales que han ido dando beneficios. ¿Qué más se puede exigir? ¿Se le puede exigir al docente, aparte de esto, más «pedagogía»?

¿Qué es la «pedagogía»? De manera circular se suele decir: «el conjunto de las ciencias de la educación». La pedagogía, así dicha, sería un compendio de disciplinas que ayudan a comprender y mejorar la práctica educativa. Nada que objetar a la hora de realizar investigaciones sociales que cartografíen ese sector de la realidad. Son muchas disciplinas las que pueden cartografiar esa realidad, no es una ciencia sola: la pedagogía es, pues, una ciencia sustantiva. Se trata de un conjunto. Debemos andarnos como mucho ojo a la hora de sustantivar disciplinas: ciencias gastronómicas, ciencias paranormales, ciencia de la tauromaquia…

Ahora hay un exceso de ciencias, y los intereses comerciales o ideológicos no hacen otra cosa que ampliar la lista. Nadie puede elegir un «tema», por importante que éste sea, y alzar toda una ciencia en torno a él. El sociólogo, el economista, el científico de la política y el jurista, el filósofo y el historiador, el psicólogo y el neurocientífico… todos pueden tomar como «tema» la educación. Pero la educación como proceso real es, ante todo, cosa de quien enseña y de quien aprende. Dejémonos de abstracciones. La pedagogía como ciencia unificada no existe, no se ha constituido como tal. Carece de un solo teorema, de una sola verdad que los demás podamos tomar como aprovechable, como «aplicable» en nuestra condición de profesores, padres, alumnos.

Como parte del proceso real de toda cultura, los maestros y profesores son agentes que trabajan «artesanalmente». Toman tradiciones de enseñanza que han resultado útiles desde hace siglos, y las adaptan al contexto específico de sus alumnos, de su época y país. Ninguna ciencia de la educación puede aportarle métodos de obligada aplicación, porque esa ciencia de la educación no existe. Existe el «grado» universitario de pedagogía, pero no la ciencia, no nos engañemos. Existe una pluralidad de métodos, sin duda, y esos métodos ya están todos inventados. Cada profesor debe elegir o personalizar, según una experiencia personal e intransferible. Lo que no es de recibo es que un gremio de supuestos «científicos de la educación» imponga, con el sospechoso marchamo de las administraciones, cuál es la mejor manera de enseñar.

No es de recibo que se haga uso de un positivismo rancio, trasnochado, en el que no hay por qué creer. Cuando un pedagogo me quiere imponer (o si es elegante, «recomendar») un nuevo método diciendo: «hay evidencia científica de que…», en seguida me acuerdo del cretinismo universitario. Al instante me vienen a la mente la manera en que se escriben bien refritas las tesis doctorales, al menos en ciencias sociales y en España. En seguida pienso en los inútiles que abundan encaramados a sus cátedras, practicando la misma endogamia que a ellos les benefició, y realizando una selección «negativa»: quedémonos con los más mediocres, que menos sombra nos harán.

Pero dejando aparte la desgraciada realidad universitaria española, y la aún más desgraciada realidad de las facultades de educación y de otros saberes afines (psicología, etc.), y registrado el hecho de que gran parte de los estudiantes de bachiller no pasarían una reválida mínimamente creíble, y que sean muchos de estos precisamente los que se apuntan (sin vocación alguna) a tales estudios, hay una cuestión epistemólogicamente sangrante: una falsa ciencia no debería erigirse administrativamente en autoridad para imponer métodos y estilos de enseñanza.

Vuelvo a lo de siempre: si un profesor, se supone, posee formación de especialista en su área, formación superior y no generalista necesaria en la Enseñanza media, un chamán no tiene que decirle nada. Allí donde un profesor de filosofía o de matemáticas, es, ante todo, un especialista y no un «educador», ningún otro funcionario, quizá absolutamente lego en estas especialidades, puede atreverse a «orientar» o imponer métodos y estilos de enseñanza.

Al menos en España, se está dando la terrible situación del pedagogismo. Hay inspectores o educadores, formados ellos mismos en áreas del saber muy lejanas, o experimentados (si ese es el caso) en etapas educativas muy diferentes, que recurren al pedagogismo para cuestionar la práctica profesoral: la manera de enseñar, de evaluar, de ejercer la autoridad.

¿Se imaginan ustedes que a un cirujano, con treinta años de experiencia en su especialidad, debidamente acreditado, se viera constreñido en su labor, censurado y «orientado» por un chamán, un curandero o un hechicero? Pues eso es lo que le ocurre al profesor experimentado y debidamente formado académicamente cuando se ve que se le impone el pedagogismo.

El fondo de todo esto es que los cambios legislativos iniciados con la LOGSE y que ahora se han desbocado de manera delirante con la LOMLOE, suponen un intento descarado de acabar con la profesión docente. La ingeniería social que se desprende de la Agenda 2030 y de todas las locuras masónicas desatadas, primero, desde 1945 y, después, tras la caída del comunismo entre 1989 y 1991, pretende que las poblaciones no posean un grado suficiente de cultura general y, por ende, de capacidad crítica.

Se busca un «ciudadano ideal» esencialmente eromaníaco, hedonista, pervertido de la cabeza a los pies (pasando por sus genitales) gracias la tecnología digital, que la persona se despersonalice y se convierta en objeto fácil de las manipulaciones mediáticas. El profesor «tradicional» le recuerda a los chicos (y a los que mandan) que existen modelos de autoridad, y eso acaba siendo peligroso para el Nuevo Orden dado que es alguien insiste en la importancia de la verdad, el rigor científico, el esfuerzo, junto con todos los valores éticos fundantes de lo que un día fue nuestra cultura. Valores como son el respeto, la autosuperación y la honestidad.

Carlos X. Blanco: Ensayos antimaterialistas. Letras Inquietas (Febrero de 2021)