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El fin de la derecha y la izquierda: el triunfo del turbocapitalismo


Diego Fusaro | 17/01/2024

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Siguiendo las «aventuras de la dialéctica», como las llamó Merleau-Ponty, la transición al turbocapitalismo (o capitalismo absoluto-totalitario) puede interpretarse como el paso histórico de una forma de capitalismo caracterizada por la presencia de dos clases (burguesa y proletaria) a una nueva forma de capitalismo «postclasista», que ya no se distingue por la existencia de clases en sentido estricto (como subjetividad in se y per se) y que, al mismo tiempo, se caracteriza por la máxima desigualdad. Este proceso evolutivo ha determinado también la razón profunda de la obsolescencia de la dicotomía izquierda-derecha, «dos palabras que ya no son necesarias».

El capitalismo «postclasista», literalmente «sin clases», no significa un modo de producción desprovisto de diferencias individuales y colectivas de conocimiento, poder, renta y consumo. De hecho, estas diferencias están aumentando exponencialmente en el contexto de la cosmopolitización neoliberal (cuya consigna es precisamente el eslogan «desigualdades»). Pero no formando, en y por sí mismas, «clases» como subjetividades conscientes portadoras de diferencias culturales e ideales. Pues como «clases», en y por sí mismas, no pueden tomarse en consideración ni el Siervo nacional-popular ni el señor global-elitista. Por paradójico que pueda parecer, en un momento en el que (en el Berlín de 1989) el capital se volvía más clasista que nunca y daba lugar a desigualdades más radicales que nunca, las clases entendidas como grupos dotados de una «en-idad» y una «para-idad» quedarían eclipsadas. Más concretamente, los proletarios no dejan de existir, e incluso aumentan en número como consecuencia de la concentración cada vez más asimétrica del capital. Pero ya no poseen la antagónica «conciencia de clase» y, en sentido estricto, el propio proletariado se convierte en un «precariado», condenado a la flexibilidad y al nomadismo, a la movilidad y a la ruptura de todo vínculo sólido, en función de las nuevas necesidades sistémicas del turbocapitalismo. La clase burguesa, por su parte, pierde su infeliz conciencia y, con ella, su condición material de existencia. Se proletariza y, desde 1989, se precipita sin cesar en el abismo de la precariedad.

Mientras el sistema capitalista, en su fase dialéctica, se caracterizó por la división en dos clases y dos espacios políticos opuestos, fue intrínsecamente frágil desde el principio. Las contradicciones y los conflictos lo atravesaban, manifestándose en la infeliz conciencia burguesa, en las luchas proletarias por el reconocimiento del trabajo, en las utopías futuristas de reorganización del mundo y, finalmente, en el programa «redentor» de la izquierda (ya fuera socialista-reformista o comunista-revolucionaria). Desde un punto de vista hegeliano, el capital se encuentra en su propio ser-otro-que-sí, en su propio extrañamiento de sí mismo, que debe «superar» dialécticamente para poder coincidir plenamente consigo mismo en forma de superación de su propia negación.

El capital, como la sustancia de la que habla Hegel, coincide con el movimiento de autoposesión y con el proceso de devenir otro-que-sí-con-sí. Se trata, pues, de la igualdad autoconstitutiva tras la división. Para decirlo de nuevo con Hegel, es una cuestión de llegar a ser igual a uno mismo desde el propio ser-otro. Su esencia no es la Selbständigkeit abstracta, la igualdad inmóvil consigo mismo, sino el «llegar a ser igual a sí mismo»: la identidad «consigo mismo» no viene dada, sino que se alcanza como resultado del proceso. Por eso, al igual que el Espíritu teorizado por Hegel, el capital también puede entenderse como das Aufheben des/seines Andersseyns, «la superación del propio ser-otro». Al desarrollarse al ritmo de su propio Begriff, es decir (según la ciencia de la lógica) como realidad ontológica en desarrollo dialéctico, el capitalismo produce una superación tanto de las clases antagónicas, como de la dicotomía izquierda-derecha y, en perspectiva, de cualquier otro elemento dialéctico capaz de amenazar su reproducción.

Del mismo modo, derecha e izquierda están «superadas» y «disueltas» en una homogeneidad bipolar, articulada según la ya pérfida alternancia sin alternativa de una derecha neoliberal pintada de azul y una izquierda neoliberal pintada de fucsia.

No luchan por una idea de la realidad distinta y tal vez opuesta, basada en órdenes de valores diferentes y en sus Weltanschauungen irreconciliables. Al contrario, compiten por alcanzar la misma idea de la realidad, la que deciden soberanamente el mercado y el bloque oligárquico neoliberal, en relación con el cual desempeñan ahora el papel de meros mayordomos, aunque con librea de distinto color.En la cima, en el puente de mando, hay una nueva clase posburguesa y posproletaria, que no es ni de derechas ni de izquierdas, ni burguesa ni proletaria. Es la clase del patriciado financiero cosmopolita que, más exactamente, es de derechas en economía (competitividad sin fronteras y mercantilización total del mundo), de centro en política (alternancia sin alternativa de centro-derecha y centro-izquierda, también neoliberal), y de izquierdas en cultura (aperturismo, desregulación antropológica y progresismo como filosofía del nunca más).

En definitiva, la transición hacia la nueva figura del capitalismo absoluto-totalitario se desarrolla a lo largo de una trayectoria que nos sigue desde 1968 hasta el nuevo milenio, atravesando la fecha fundacional de 1989. Desde 1968 hasta nuestros días, el capitalismo ha «superado» dialécticamente (aufgehoben) la contradicción que él mismo había provocado en la fase antitético-dialéctica, representada por el doble nudo de oposición entre burguesía y proletariado, y entre derecha e izquierda.Así, el capitalismo absoluto-totalitario actual se caracteriza, por un lado, por el eclipse del vínculo simbiótico entre las dos instancias de la «conciencia infeliz» burguesa y las «luchas por el reconocimiento del trabajo esclavo» proletarias; y por otro, por la eliminación de la polaridad entre derecha e izquierda, convertidas ahora en las dos alas del águila neoliberal. El turbocapital ha «superado» estas antítesis, propias del momento de la «inmensa potencia de lo negativo» (es decir, del ser-otro-de-sí), y las ha «subsumido» bajo sí mismo, reconquistando su propia identidad consigo mismo a un nivel superior que en la fase teísta, como fruto del paso por su propia autoetangulación.

Nota: Cortesía de Euro-Synergies