X

 La España rural se rebela contra la Agenda 2030

       

Reportajes

Un análisis de las elecciones del 23-J que no va a gustar a nadie (sobre todo al PP y a Vox)


Redacción | 26/07/2023

 Descubre el nuevo sello Ediciones Ratzel especializado en geopolítica

Una vez superada la resaca electoral, llega el momento de hacer un análisis de lo que aconteció el pasado domingo y de las consecuencias que suponen los resultados emanados de las urnas.

La democracia es el problema

Si algo volvió a quedar demostrado tras el 23-J es que la democracia en España es un problema en sí mismo, nunca una solución. Desde las primeras elecciones tras la muerte de Francisco Franco, el clima político, económico, cultural y social ha ido enturbiándose cada vez más en nuestro país. Ante este hecho empírico y como única respuesta, la secta de los demócratas apela a su único argumento: «hace falta aún más democracia». Sin embargo, la realidad nos muestra que «a más democracia, más problemas». No buscamos aquí proponer la sustitución de la democracia por otro sistema pero sí constatar que la democracia en España no solo no funciona sino que es la principal responsable de la calamitosa situación que vivimos a todos los órdenes. Se pongan como se pongan los adoradores de la secta demócrata, arrojar periódicamente un papel en una urna de plástico transparente nunca ha solucionado ni solucionará nada.

El Partido Popular decidió perder las elecciones

A pesar de ser la primera formación en porcentaje y número de papeletas recibidas y de protagonizar el mayor crecimiento entre dos comicios generales de la historia reciente de España, el Partido Popular decidió perder las elecciones. Al igual que en la mayoría de naciones de nuestro entorno, se ha instaurado un sistema de bloques (derecha e izquierda). El PP, anclado todavía a una visión de la política ya superada, apostó todo a gobernar en solitario, bien aproximándose a la mayoría absoluta y obligando a Vox a abstenerse o apoyarles a cambio de nada, bien logrando 176 escaños. Como era de esperar, ninguna de las dos opciones sucedió.

Los gurús de Génova 13 siguen sin comprender que, les guste o no, si el PP quiere gobernar, deberá ponerse de acuerdo con Vox. En vez de eso, los de Alberto Núñez Feijóo se dedicaron durante toda la campaña a insultar o menospreciar a Vox no se sabe muy bien con qué fin. En España no existe el centro político y mucho menos el electoral. O se vota a la derecha o se vota a la izquierda y a los separatistas (que es todo uno y lo mismo). Guiñar el ojo a la izquierda no sirve (es más, perjudica) y no es la primera ni última vez que lo intentan los populares con desastrosos resultados.

Vox mantiene el tipo pero debe replantearse su estrategia electoral

Los 33 diputados obtenidos por la formación de Santiago Abascal suponen cierta tranquilidad para la formación verde. Todas las encuestas les daban una pérdida mayor. En un clima mediático y político histérico contra Vox (en el que ha participado activamente el Partido Popular, todo hay que decirlo), buena parte de quienes se decantaron por su papeleta en 2019 han repetido en su apoyo. Es un hecho que Vox no va a ser flor de un día como Ciudadanos o Unidas Podemos y que ha llegado para quedarse.

No obstante, el que Vox se presente en ciertas circunscripciones va en perjuicio del bloque de derechas. En particular, en aquellas que aportan cuatro diputados al Congreso como, por ejemplo, Burgos, La Rioja o Palencia. En estas provincias, el PP ha obtenido 2 diputados y otros 2 el PSOE. Si el PP y Vox hubieran llegado a un tipo de acuerdo o coalición, centralizando todo el voto de la derecha en una única candidatura, el resultado hubiera sido de 3 asientos para la derecha y 1 para la izquierda, cambiando notablemente el reparto de escaños a nivel nacional. Evidentemente, el PP debería tener altura de miras con Vox a la hora del reparto de responsabilidades y cuota de poder a cambio de su apoyo en esta estrategia. Mientras la derecha (sobre todo el PP) no entienda esto, será muy dificil que articule una mayoría absoluta.

Pedro Sánchez puede gobernar y seguramente lo haga

Las sonrisas de Pedro Sánchez y su círculo es impostada. Más allá del foco mediático, la realidad es que Pedro Sánchez ha obtenido el tercer peor resultado de la historia del PSOE en sus comicios generales. Es cierto que la aritmética dada el 23-J le permite mantenerse en La Moncloa sumando sus escaños a los de la ralea separatista-comunista.

Son imprescindibles los escaños de Junts per Catalunya. Carles Puigdemont ya ha dejado claro que para obtener su apoyo en Madrid todo pasa por amnistiar a los golpistas separatistas y celebrar un referéndum de independencia en la región. Lo primero se lo concederá Pedro Sánchez sin ningún problema y lo segundo es más complicado pero no imposible. Cuando Sánchez advirtió que la formación del gobierno puede llevar «varios meses», lo que realmente quiso decir es que los estrategas del PSOE se encuentran ahora mismo pensando cómo celebrar un referéndum en Cataluña que satisfaga a Puigdemont y sus adláteres sin que el votante promedio del PSOE del resto de España ponga el grito en el cielo.

Y es que la unidad de España le importa una higa a Pedro Sánchez y al PSOE. Preguntado sobre la posibilidad de que se celebre un referéndum separatista en Cataluña, el argumento de Sánchez y de los jerarcas socialistas es recordar como mantra que la constitución no lo permite. En ningún caso aluden a que la unidad nacional está por encima de cualquier texto legal y que se trata de una cuestión que supera lo político. Si Pedro Sánchez y sus aliados tuvieran el porcentaje necesario de escaños en el Congreso y el Senado, cambiarían la constitución mañana mismo para permitir el referéndum. Otra cosa es que, ahora mismo, sea imposible y de ahí que se escuden en la constitución. Son los efectos del «patriotismo constitucional» en la izquierda.

El separatismo, simplemente, ha cambiado de marca

Los principales mass media han hecho mucho hincapié en la caída de votos de los principales partidos separatistas, con la excepción de EH Bildu, que sigue su camino por la hegemonía en Vascongadas y Navarra. Es cierto que las principales siglas (ERC, PNV, etc.) han sufrido una catástrofe electoral. Sin embargo, el separatismo debe considerarse como un movimiento y no como la suma de diferentes partidos. Esto lo ha explicado con claridad y en repetidas ocasiones Arnaldo Otegui: lo importante no es que EH Bildu consiga más votos sino el crecimiento del separatismo a todos los niveles.

En esta ocasión, el electorado tradicionalmente separatista ha optado por el PSOE por una cuestión práctica y de conveniencia. No han votado a Pedro Sánchez porque hayan dejado de ser unos traidores a España sino porque han entendido que la permanencia de Pedro Sánchez en La Moncloa es la mejor opción para sus fines. Sin olvidar que, en algunas regiones, el PSOE es, valga la redundancia, tanto o más separatista que los separatistas.

Los comunistas como muleta de Pedro Sánchez

Los resultados obtenidos por los comunistas de Sumar y sus decenas (tal vez cientos) de partidos, asociaciones, fundaciones, colectivos, grupos, asambleas, círculos, etc. son más de los deseables pero menos de los que esperaban. Es cierto que serán una pieza clave para la reedición de un ejecutivo socialista-separatista-comunista pero también es innegable que aspiraban a reeditar los resultados de Unidas Podemos, de los que quedan lejos. No obstante, da la sensación de que el conglomerado comunista lleva camino de quedarse en los resultados en los que se movía Izquierda Unida, siempre dependiente a nivel electoral de la situación del PSOE.

Más allá de su satisfacción por haber parado a la «coalición ultra» (aserto totalmente discutible, puesto que la «coalición ultra» formada por el PP y Vox ha mejorado notablemente sus resultados frente a los comicios de 2019 aunque la suma de diputados no les permita gobernar), la realidad es que el comunismo español se ha convertido en el caniche de un sujeto como Pedro Sánchez que no es comunista y del que no estamos seguros que haya visto a un comunista de verdad en su vida.

¿Habrá nuevas elecciones?

Es improbable aunque no imposible. Pedro Sánchez sabe que puede pasar de todo si se repiten los comicios y su prioridad es mantenerse en La Moncloa al coste que sea. Ahora mismo, Sánchez solo piensa en cómo puede obtener el apoyo de Puigdemont y no se plantea bajo ningún concepto ir de nuevo a elecciones en Navidades. Si, finalmente, los españoles son convocados de nuevo a votar en Nochebuena será porque Carles Puigdemont y Junts per Catalunya se han enrocado en sus posiciones impidiendo un acuerdo que, por Sánchez y el PSOE, siempre será posible.

Mientras tanto, ¿qué deben hacer el PP y Vox? La respuesta es obvia: formalizar una estrategia común para optimizar sus resultados electorales de cara a una difícil pero no descartable repetición de los comicios. Y, por supuesto, comprender, tal y como han hecho la izquierda y los separatistas, que la política de hoy se basa en la conformación de bloques. No tienen otra salida.