Destacados: Agenda 2030 | Libros | Ucrania | Vox

       

Reportajes

COP28: los aspectos tácitos del gran circo


Philippe Charlez | 16/12/2023

 Nuevo libro de Santiago Prestel: Contra la democracia

Mismas causas, mismos efectos. Ocho años después de París, Dubai fue un calco de la COP21. Golpes de martillo seguidos de escenas de júbilo, con una diferencia: Laurent Fabius fue sustituido por el sultán Al-Jaber.

En la COP21, los líderes mundiales se comprometieron a «mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 2 grados centígrados en comparación con los niveles preindustriales», y preferiblemente limitarlo a 1,5 grados. En su momento, el acuerdo se calificó de «histórico». Y sin embargo… 2023 habrá sido el año más caluroso desde la era preindustrial, pero también el año del consumo récord de carbón, petróleo y gas. Hoy, todo el mundo sabe que los acuerdos de París son inalcanzables y que la trayectoria actual nos conduce hacia un mundo en el que el aumento de la temperatura alcanzará los +2,7 grados: tendremos que adaptarnos.

Un calentamiento imparable

Sin embargo, ocho años después, se sigue clavando el mismo clavo en el ataúd, esta vez pidiendo a los gobiernos que «realicen la transición para abandonar los combustibles fósiles de forma justa, ordenada y equitativa… con vistas a lograr cero emisiones en 2050». Tras haber establecido, hace casi una década, que la Tierra se estaba calentando debido a los gases de efecto invernadero, ahora hay acuerdo en que necesitamos reducir nuestro consumo de combustibles fósiles. Un gran descubrimiento… que no se le había escapado a nadie. Pero, como hace diez años, no hay calendario y la resolución no es jurídicamente vinculante. De vuelta a casa, cada cual volverá a la realidad, interpretará la resolución como mejor le parezca y olvidará rápidamente sus promesas y compromisos. Todos los escenarios serios predicen que en 2050 los combustibles fósiles seguirán representando entre el 40% y el 60% del consumo energético (frente al 83% en 2022).

Ocho años después de los acuerdos de París, la humanidad persiste en su esquizofrenia clima-fósiles. Somos conscientes de la amenaza, pero seguimos fieles a los hidrocarburos. Basta con que el precio de la gasolina suba diez céntimos para que los gilets jaunes salgan a la calle, y en respuesta el Estado reparte varias decenas de miles de millones de euros a golpe de botón. ¿De quién es la culpa?

Contrariamente a las explicaciones simplistas de quienes señalan con el dedo acusador a unos cuantos grupos de presión industriales, entre ellos la OPEP, el escollo reside en la fuerte correlación existente entre los combustibles fósiles y el desarrollo humano que con razón tanto apreciamos.

Ninguna renuncia a la vista

Los habitantes de los países de la OCDE están dispuestos a poner su granito de arena por el clima, pero sin renunciar a su nivel de vida. La gente de los países emergentes está dispuesta a implicarse por el clima, pero antes quiere aumentar su nivel de vida. Aparte de la autoridad (incompatible con nuestros sistemas democráticos), hay dos maneras de salir de los combustibles fósiles: la oferta o la demanda.

Detener toda inversión en el desarrollo de nuevos yacimientos, como piden algunas ONG, agotaría rápidamente la oferta (la producción de los yacimientos existentes disminuye entre un 4 y un 6% al año) y provocaría precios estratosféricos. Si tenemos en cuenta la reacción epidérmica de nuestros conciudadanos ante las subidas de precios en los surtidores, apenas podemos imaginar el malestar social que engendraría una situación semejante. Frente a una población en revuelta, ¿qué gobierno aceptaría un litro de gasolina a 4 o 5 euros? Por no hablar de las inestabilidades geopolíticas subyacentes en un mundo que nunca ha estado tan fracturado.

El consumo sólo puede reducirse a través de la demanda, es decir, cambiando el comportamiento de los consumidores. Y los consumidores cambiarán cuando se les proporcione un sustituto energético creíble, abundante y suficientemente económico. Por el momento, éste no es el caso. Históricos o no, los acuerdos de Dubai no conducirán a medio plazo a una reducción del consumo de hidrocarburos, sobre todo en los países emergentes cuyo principal objetivo sigue siendo el desarrollo.

Dentro de un año, los defensores del medio ambiente lamentarán la impotencia de los políticos y el egoísmo de la industria, y llorarán por unos objetivos que no son realistas porque no pueden cumplirse. Se señalará con el dedo a las compañías petroleras y a los países productores de petróleo, a los que se culpará de un fracaso previsible.

Ya compleja en el mundo multilateral que prevaleció en la COP21, la ecuación clima-energía se está volviendo prácticamente insoluble en una nueva lógica de bloques. Las recientes victorias electorales de Javier Milei en Argentina y de Geert Wilders en Holanda, ambos reputados escépticos climáticos, confirman este colapso del multilateralismo dentro de las democracias occidentales. Al igual que Milei, Wilders pide que se extraiga más petróleo y gas del Mar del Norte y que se mantengan las centrales eléctricas de carbón.

La sentencia de muerte de la COP29

Las elecciones europeas y estadounidenses de junio y noviembre de 2024 representan dos fechas clave para el clima. Una victoria de los nacionalistas en Europa y de los republicanos en Estados Unidos supondría la sentencia de muerte para la COP29, prevista en Azerbaiyán. Sería un pulgar en la nariz a la historia, en el mismo lugar donde se perdió por primera vez. Al fin y al cabo, Bakú es la cuna de la industria petrolera, cuyos abundantes yacimientos fueron elogiados por Marco Polo ya en el siglo XIV.

Nota: Cortesía de Boulevard Voltaire