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El fin de Yugoslavia: la muerte de Tito


Sergio Fernández Riquelme | 30/08/2021

Todo comenzó con la muerte del todopoderoso líder comunista. Yugoslavia perdió a su líder y perdió su identidad. El pretendido socialismo autogestionario implantado desde 1945 ya no podía unir a los eslavos del sur (pese a los intentos reformistas y conciliadores de Ante Marković, el último primer ministro yugoslavo), quedando atrás la viejo anhelo titista: «Piensen bien en esto, queridos hermanos y hermanas, y verán que deberíamos haber estado en un país bajo un caos terrible, una guerra fratricida, en un país que ya no sería Yugoslavia, sino solo un grupo de pequeños y mezquinos Estados luchando entre ellos y destruyéndose unos a otros. Pero nuestra gente no quiere que eso suceda».

Los años posteriores a la muerte de Tito (fallecido el 4 de mayo de 1980) fueron tiempos de una imposible transición y de una creciente división, con críticos feroces y satíricos como Vladimir Bulatović. La vía económica yugoslava al socialismo, antisoviética y no alineada, se hizo cada vez más inviable tras la crisis internacional de 1973-1975, y la federación política yugoslava, constituida por seis naciones, dieciocho nacionalidades minoritarias (albanesa, húngara, turca, rutena, eslovaca, romaní…) y una singular identidad yugoslava supranacional, buscó su salvación con la Constitución de 1974 (que sancionaba el derecho a la autodeterminación). Pero las viejas etnias resurgieron a velocidad de vértigo y nuevos Estados se dibujaron el tablero geopolítico internacional. La literatura recuperaba mitos ancestrales y la historia antiguos odios. Y en breve comenzarían las guerras civiles yugoslavas.

Un fenómeno, hay que puntualizar, que no fue exclusivo de la antigua Yugoslavia en sus discurso identitario. En todos los países poscomunistas de la Europa oriental, tras la caída no tan repentina del Bloque soviético entre 1989 y 1991, se desató un propio proceso reconstrucción nacionalista: como medio de legitimación histórico-cultural propio de los nuevos estados o de la continuidad de las viejas élites, como afirmación de la independencia nacional recién adquirida o de la cohesión territorial-estatal interna. Mientras, la dimensión de la violencia étnica del mismo se aplicó en leyes o acciones discriminatorias en algunos países camino de la Unión Europea (rusófonos en los países bálticos, húngaros en Rumanía o Eslovaquia), o se reprodujo con total virulencia militar en zonas de conflicto de la desparecida Unión Soviética: en Moldavia, en Georgia, entre Armenia y Azerbaiyán, entre Kirguistán y Tayikistán, y finalmente en el sureste de Ucrania.

El primer escenario del final yugoslavo fue Eslovenia. Con apoyo austriaco y alemán, y sin negociación previa, su parlamento declaró el 25 de junio de 1991 su independencia tras el referéndum del año anterior. Después de la breve Guerra de los Seis Días y muy pocas víctimas, el Ejército Popular Yugoslavo abandonaba para siempre un nuevo país presidido por el ex-comunista Milan Kučan. El segundo escenario fue Croacia donde, siguiendo los pasos de su vecino norteño, la nueva cámara declaró, tras su propio referéndum, la secesión el 8 de octubre de 1991, en medio de los primeros escarceos paramilitares de una guerra finalmente declarada entre el gobierno de Franjo Tuđman y lo que iba quedando de Yugoslavia.

Un conflicto que se convirtió en la primera contienda étnica declarada de la región, al apoyar el gobierno de Belgrado, bajo control de Slobodan Milošević, a los secesionistas serbios en Croacia (en Krajina y Eslavonia occidental) que habían pasado de nación constituyente a minoría nacional en la recién aprobada Constitución croata. Entre 1991 y 1995 Vukovar, Dubrovnik o Knin mostraron escenas de violencia desconocida en Europa durante muchas décadas, con asedios de ciudades, matanzas colectivas y limpiezas étnicas, concluidas con los acuerdos de Dayton y la expulsión de los cientos de miles de serbios tras la operación Tormenta. Los herederos de los viejos ustachas croatas y chetniks serbios volvían a verse las caras medio siglo después, en una Yugoslavia que, como retrató magistralmente Emir Kusturica en la famosa película Underground, tenía cuentas pendientes en su historia. Venganza histórica para nacionalistas serbios como Ratko Mladić, líder militar de los serbios de Bosnia (héroe para muchos de sus compatriotas, criminal de guerra para sus víctimas y la comunidad internacional) que proclamaba: «No podemos aceptar la ocupación de un solo milímetro cuadrado de suelo serbio. No empezamos esta guerra, no declaramos esta guerra. La guerra fue comenzada y nos fue declarada por los mismos que lo hicieron en 1914 y 1941, junto con el Imperio austrohúngaro y los fascistas alemanes, unidos contra los serbios».

Pero en el tercer escenario, la violencia y el conflicto alcanzaron mayores niveles de intensidad. En Bosnia-Herzegovina, una república que intentaba ser ese sueño de la Yugoslavia titista (un federación colectivista y laica), convivían o se mezclaban comunidades de católicos, ortodoxos y musulmanes que a la hora de la verdad, demostraron no tener una identidad compartida. Croatas, serbios y bosnios se lanzaron a repartirse las tierras de la república cuando los musulmanes de Sarajevo, liderados por Alija Izetbegović, declararon la independencia el 5 de marzo de 1992, y las citadas comunidades comenzaron a armarse ante la imposibilidad de pacto alguno. Mostar y Bihać, Goražde y Srebenica, Brčko y Foča, Sarajevo y Pale mostraron imágenes de crueles batallas y de odios ancestrales en los medios de comunicación de todo el mundo.

La limpieza étnica iniciada en tierras croatas alcanzó a toda la región bosniaca, repartiéndose cada nacionalidad municipios y cantones, expulsando a los vecinos de la confesión contraria, y creándose una nueva Republika Srpska en la mitad del territorio de la mano de los condenados por La Haya (entre otros): el político Karadžić y el citado militar Mladić. Contienda fratricida que acabó, por fin, tras la presión de la comunidad internacional: Milošević, Izetbegović y Tuđman firmaron en una mesa de negociación los Acuerdos de Dayton el 21 de noviembre de 1995 (ratificados en París el 14 de diciembre de 1995), naciendo Bosnia-Herzegovina como estado precario, tutelado y dividido según criterios étnicos.

Y el cuarto y último gran escenario no podía ser otro que Kosovo. En 1989 ante miles de serbios, Milošević había pronunciado el famoso discurso de Gazimestán en defensa de la patria, que ponía fecha oficial al moderno nacionalismo de la Gran Serbia gestado años antes. Y en 1999, tras cruentos bombardeos de la OTAN, graves errores y crímenes del régimen de Milošević en defensa de su soberanía, y saltándose la propia comunidad internacional su propio derecho, la República de Serbia y Montenegro perdía la provincia de Kosovo, donde los albaneses se habían convertido durante la época de Tito en mayoría demográfica, y que en el enfrentamiento armado contaban con el apoyo del mundo occidental, siendo por ello obviados ciertos crímenes y ciertas limpiezas del Ejército de Liberación de Kosovo.

El fin de Yugoslavia

1. La muerte de Tito
2. Yugoslavismo y nacionalismo serbio

Nota: Este artículo un extracto del citado libro

Sergio Fernández Riquelme: El nacionalismo serbio. Letras Inquietas (Marzo de 2020).

 

Sergio Fernández Riquelme
Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.




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