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Marx y/o Piketty: ¿apocalipsis o redención?


Constantin von Hoffmeister | 02/04/2023

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En los oscuros recovecos del intelecto humano, Karl Marx, el progenitor del credo moderno del comunismo, y Thomas Piketty, un erudito contemporáneo del país de los galos, se consumen ante los insondables misterios de la desigualdad económica y el escurridizo espectro de la justicia social. Las mentes de Marx y Piketty, enredadas en las profundidades laberínticas del pensamiento, están desgarradas por un profundo cisma sobre los orígenes del abismo de la disparidad económica y las formas más eficaces de expurgarlo.

Marx veía el capitalismo como un sistema fundamentalmente injusto que perpetúa intrínsecamente la desigualdad y la opresión. Identificó a la burguesía adinerada como la clase dominante que controla los medios de producción, utilizando su poder para explotar a la clase obrera, o proletariado, pagándoles magros salarios por su trabajo. Esta explotación es el resultado de la lógica del beneficio del sistema capitalista, que prioriza la acumulación de riqueza sobre el bienestar de los trabajadores. Según Marx, la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado está en la raíz de la perpetuación de las desigualdades sociales y económicas. Además, reconoció que la clase dominante emplea tácticas para dividir a la clase obrera, por ejemplo jugando con las diferencias raciales y étnicas, con el fin de impedir que se una y derroque a sus opresores. A Marx no se le escapó la comprensión del artificio de divida et impera, ya que veía esta nociva estratagema como un arma formidable en el arsenal del orden dominante, utilizada para subyugar a las desventuradas multitudes inculcándoles una perniciosa cultura de desunión y discordia. Para Marx, la única solución a este sistema de explotación es una revolución en la que el proletariado se apodere de los medios de producción y establezca una sociedad sin clases basada en la igualdad y la cooperación.

Por el contrario, Piketty sostiene que la desigualdad económica suele estar vinculada a sistemas sociales y políticos que privilegian a unos grupos sobre otros en función de la raza, la etnia y otros factores. Sostiene que la cuestión de la desigualdad económica no es simplemente una cuestión de mala suerte o de responsabilidad individual, sino más bien un problema sistémico que requiere una solución sistémica. Considera que la acumulación de riqueza por parte de una pequeña minoría de individuos no sólo es injusta, sino también una amenaza para la estabilidad social y la democracia. Piketty considera que la fiscalidad progresiva es una herramienta esencial para resolver este problema, ya que ayudaría a redistribuir la riqueza de las rentas más altas al resto de la sociedad. Esto reduciría la brecha entre ricos y pobres y crearía una distribución más equitativa de los recursos. Sin embargo, Piketty también reconoce que la fiscalidad progresiva por sí sola no bastaría para crear una sociedad verdaderamente equitativa. También serían necesarias otras políticas, como un mejor acceso a la educación y la sanidad, para garantizar que todos tengan las mismas oportunidades de éxito, independientemente de su origen o estatus social. En última instancia, Piketty considera que la redistribución de la riqueza es un paso crucial hacia la creación de una sociedad en la que todos tengan las mismas oportunidades de prosperar y tener éxito.

Piketty aboga por la creación de un organismo de control que recoja datos sobre la discriminación, incluido el racismo contra los blancos, que en su opinión es probablemente mínimo. En realidad, las profundidades de la discriminación contra los caucásicos son insondables y, muy probablemente, están más extendidas que las que existen contra las personas de origen no blanco. La suposición errónea de Piketty no es más que un indicio de su limitada comprensión y perspicacia en la materia. Su error de juicio pone de relieve las laberínticas complejidades del mundo moderno interconectado y las sutiles complejidades de la mente humana, que a menudo pueden ocultar las verdades más evidentes.

Piketty aboga por la creación de un organismo de control que recopile datos sobre la discriminación, incluido el racismo contra los blancos, que, según él, probablemente sea mínimo. En realidad, las profundidades de la discriminación contra los caucásicos son insondables y, con toda probabilidad, están más extendidas que las que se ejercen contra las personas de origen no blanco. La suposición errónea de Piketty no es más que un indicio de su limitada comprensión y perspicacia en la materia. Su error de juicio pone de relieve las laberínticas complejidades del mundo moderno interconectado y las sutiles complejidades de la mente humana, que a menudo pueden ocultar las verdades más evidentes.

Piketty recomienda el uso de datos procedentes de censos y registros salariales para arrojar luz sobre la discriminación. Sin embargo, advierte contra la adopción de categorías rígidas como las utilizadas en Estados Unidos y el Reino Unido, pues ya han causado estragos y devastación. En los laberínticos anales de Ruanda ha surgido una enigmática e ineludible división entre dos enigmáticas tribus: los hutus y los tutsis. Los orígenes de esta división estuvieron envueltos en un velo impenetrable de burocracia y enrevesadas políticas de identidad, aplicadas por oscuras figuras de autoridad que ejercían el poder con insondable impunidad: los colonizadores belgas. Este oscuro sistema de clasificación asignaba a los mortales de Ruanda a dos castas distintas e inmutables, cada una aparentemente dotada de sus propios rasgos y atributos inescrutables. Los hutus, un grupo oprimido y privado de derechos, observaban con creciente resentimiento cómo sus homólogos tutsis disfrutaban de un estatus privilegiado y de la esquiva promesa de un futuro mejor. En última instancia, este incomprensible y kafkiano sistema de división culminó en un cataclismo de pesadilla de violencia, muerte y destrucción, dejando una huella inquietante e indeleble en el país y su gente.

En su lugar, Piketty propone preguntarse por la ascendencia global de un pueblo en lugar de asignarlo a categorías raciales o étnicas estrictas. Piketty critica las cuotas, que han sido utilizadas por las élites para evitar invertir en educación, sanidad o infraestructuras, y que también han exacerbado las tensiones entre grupos, como se ve en los oscuros rincones de Estados Unidos, donde los susurros sobre este polémico asunto resuenan en los pasillos del poder, hablando de políticas de discriminación positiva que pretenden aumentar la representación de los marginados durante mucho tiempo. Desgraciadamente, a cada paso que se da, surge una resistencia, una reacción de quienes piensan que es injusto y una amenaza para la mayoría blanca. Sus temores se manifiestan en viles debates que atraviesan incluso los muros más sólidos del progreso, dejando a la nación temblando de incertidumbre. Sin embargo, Piketty invoca el nombre de la India, un país envuelto en antiguos misterios y leyendas prohibidas, como un faro de esperanza, donde la aplicación de las cuotas supuso una gran mejora para los oprimidos sin casta y a su paso se adoptó un enfoque más pragmático y holístico de la mejora socioeconómica.

En sus grandes ideologías, Marx sostenía que, a lo largo de los tiempos, la clase dominante ha utilizado una plétora de categorías para justificar y perpetuar la desigualdad económica y social. La aristocracia y la burguesía siempre han ejercido poder sobre las clases inferiores, mientras que los colonizadores y los amos de esclavos han categorizado y subyugado a las personas en función de su raza y etnia. Estas categorías son herramientas de opresión que permiten a la clase dominante consolidar su poder y mantener su dominio sobre la sociedad. Así pues, la desigualdad no es un resultado inherente o predestinado de los sistemas económicos, sino más bien el producto insidioso de las maquinaciones calculadas de los poderosos para mantener su dominio social y económico sobre la clase trabajadora. Marx creía que la lucha entre la mayoría oprimida y la minoría privilegiada era inevitable y culminaría finalmente en una confrontación apocalíptica. En su ominosa visión, las masas oprimidas se alzarían contra sus opresores y la conflagración resultante consumiría el orden existente, dejando a su paso un nuevo mundo marcado por el símbolo de la bestia, emblema del triunfo final del mal sobre el bien.

Fuente: Euro-Synergies