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Decadencia de Europa: una realidad exacta y, al tiempo, relativa


Carlos X. Blanco | 08/01/2022

La percepción que en esta parte del mundo tenemos sobre el declive de nuestra civilización es, a un tiempo, exacta y relativa.

Exacta

Exacta, porque nosotros, inmersos en Europa occidental, vemos cómo nuestros valores más queridos se desintegran, la autoridad se desvanece, la creatividad y la vida del espíritu eclipsan. «Ya nada es como antes», lamenta el conservador. Y para rehacer tales valores y poner en pie «los buenos y viejos días» al conservador sólo se le ocurren viejas recetas, meros reflejos defensivos, todos ellos inoperantes pues la reacción no cuenta con recetas trascendentes a la época que le toca vivir, no escapa de su tiempo como el pez no puede saltar de su pecera. El viejo mundo nunca volverá, y la restauración de la civilización siempre es restauración a partir de una coyuntura dada, con viejas armas que en modo alguno se pueden emplear para revertirla en su exactitud.

Un buen spengleriano vería que nuestra Europa occidental es un fracaso, fracaso anunciado ya por dos guerras mundiales que tuvieron como consecuencia el fin de una soberanía hegemónica, fin ineluctable tras las matanzas generalizadas y el desencanto y descrédito definitivos de Europa para el resto de los pueblos de la Tierra; este fue un funesto desenlace que ocasionó el modo liberal de vida.

En la parte ocupada por los Estados Unidos, el modo liberal de vida nos fue impuesto. Fue así tras el bloqueo sistemático y la desarticulación de movimientos populares, fuerzas revolucionarias, partidos comunistas, etc. El American way of life fue penetrando como ideal a alcanzar, y como cultura oficial para todas las naciones, no sólo las vencidas (Alemania, Italia) sino las teóricamente triunfantes, aunque prácticamente deshechas y deslegitimadas (Gran Bretaña y Francia). El asesinato de Carrero Blanco, continuador firme del régimen de Franco, fue definitivo para imponer ese estilo americano y demoliberal de vida en España.

Una sociedad de consumo y un parlamento liberal debidamente controlado (eso es fácil de hacer, pues desde el principio el «parlamentarismo» sirvió para dejarse controlar) por los poderes plutocráticos, prometían hacer de Europa occidental un reflejo ideal de su potencia ocupante, esto es, un reflejo del imperio yanqui. Faltaba un ingrediente para que la imagen especular fuera perfecta: el mimetismo de su aspecto multiétnico y multicultural. Para ello era preciso que la cultura y la mentalidad europeas estuvieran dispuestas a «pagar los costes» de la colonización de los países antes oprimidos.

El descrédito de las potencias euro-occidentales, desangradas en una guerra mundial «final», la de 1939-1945, trajo consigo el movimiento descolonizador y la afluencia desde los países recién liberados no ya de los blancos oriundos (repatriación) sino de los nativos ahora descolonizados, que reclamaban de la metrópoli el acceso a empleo, formación, vivienda y todas las demás oportunidades de vida de un mundo opulento. Con ello, Europa se convertiría en una nueva América, se transformaba (por fin) un continente hecho «para la emigración y con la emigración». Sin dudas, no es lo mismo «hacer una nación» en un territorio virgen o escasamente poblado a partir de contingentes diversos y en medio de inmensidades territoriales (son casos como los de Canadá, Estados Unidos, Argentina), que «rellenar» un continente con baja natalidad, pero con todo densamente poblado por nativos, como es el caso de Europa occidental. La «americanización» de Europa fue un componente necesario para las necesidades de realización del capital trasnacional yanqui, que exigía de los pueblos occidentales un «reseteo» cultural radical, tal que pudieran abrirse ahora sin ambages a una nueva forma ultraconsumista de vida, American way que implica la renuncia a la reproducción biológica y a la importación de mano de obra barata.

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Es exacta nuestra decadencia, una vez que somos una colección de países ocupados militarmente (no hay una política de defensa europea propia) y colonizados culturalmente (colonizada está especialmente la cultura de la izquierda europea, que abjuró del marxismo y se abrazó al postmodernismo, deconstructivismo y «generismo» de origen francés pero pasado por la coctelera de las universidades yanquis).

Por ello no es extraño que no sepamos los europeos, especialmente los damnificados por la globalización (trabajadores, autónomos, campesinos) dotarnos de una política propia, y de una dirección de relaciones con los demás pueblos de la tierra, vivan dentro o fuera de nuestras fronteras. Nuestro sistema educativo naufraga, borrando de nuestra memoria el legado grecorromano y cristiano, desarraigando principios como los de autoridad y esfuerzo, que son principios esenciales para que el pueblo trabajador levante cabeza.

Carecemos de moral y perspectiva de futuro. Nos estamos convirtiendo en ultra-desclasados: perdemos nuestra condición de clase (ya no se detecta el exacto «proletariado europeo») y quien en efecto se percibe de esa manera, carece de herramientas para saber al lado de quién debe luchar, contra qué y contra quién.

Es una percepción relativa

Percibimos nuestra decadencia de una forma relativa. El punto de vista no eurocéntrico nos permitirá ver que está emergiendo un mundo multipolar. El siglo XX es el siglo de la decadencia de Occidente. Poco a poco veremos como esta civilización se irá prostituyendo a medida que la «protección» norteamericana se vaya retirando, por las causas más diversas: intento de concentración yanqui en el área Pacífico, en coalición con actores secundarios (Australia, Japón, los restos talasocráticos del Reino Unido, etc.), desavenencias con la Unión Europea, una «unión» cada vez más desunida, y forzada (por pura supervivencia o por destino histórico) a contactar estrechamente con Rusia y China, suministradores de energía y manufacturas. Rusia y China que dos polos de poder imprescindibles para la supervivencia europea, como socios comerciales y, quién sabe, rescatadores o imperios absorbentes, a partir de nuestro naufragio y ello pese a las trabas impuestas por los yanquis…

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El mundo no eurocéntrico se está desarrollando. De nada servirán las trampas «ambientalistas» con que el Imperio yanqui, de vocación globalista y unipolar, quieran tender a los bloques emergentes. El Imperio ya no puede condicionar el desarrollo de países que también anhelan industrializarse y deseen alcanzar mayores niveles de consumo. Se están quedando atrás los tiempos de «liberalismo para otros y proteccionismo para lo mío». Ya podrán desembarcar millares de Gretas Thumberg, a modo de misioneras verdes, en las costas de China, India, Iberoamérica, África… que nadie, salvo los tontos y los «colaboradores» bien subvencionados desde el Imperio. Que quede claro que nadie les va a hacer caso. El control árabo-yanqui de la energía necesaria para la industrialización nacional en Europa se acaba. Se puede acabar incluso en Europa, donde los países que aun conservan potencial industrial (Alemania, por ejemplo) pueden «despertarse del sueño dogmático» de la ideología verdi-yanqui y afrontar la Realpolitik.

Carlos X. Blanco: El virus del liberalismo: Un virus recorre el mundo. Letras Inquietas (Mayo de 2021)

Imagen: RD LH: Calle de la Provenza francesa

 

Carlos X. Blanco
Carlos X. Blanco es profesor, escritor y columnista de, entre otros medios, La Tribuna del País Vasco. Doctor en Filosofía, está considerado como uno de los principales expertos españoles en la batalla de Covadonga y en el inicio de la Reconquista. A este tema ha dedicado, a lo largo de los últimos años, dos obras claves, tanto novelísticas como ensayísticas. Se trata de la novela histórica La luz del norte y el estudio De Covadonga a la nación española, con prólogo de Robert Steuckers. Ambos trabajos están editados por EAS. Recientemente, ha publicado con la editorial Letras Inquietas las obras Ensayos antimaterialistas, El Imperio y la Hispanidad y El virus del liberalismo.

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