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Francia, África y el resto del mundo: el necesario fin del neocolonialismo


Denis Collin | 24/09/2023

 Nuevo libro de José Antonio Bielsa Arbiol: Masonería vaticana

El golpe de Estado en Níger es un acontecimiento que, además de muchos otros, expresa una profunda transformación de las relaciones internacionales y del equilibrio de poder entre las potencias. Mientras que la influencia rusa crece en África, donde los mercenarios del grupo Wagner contribuyen a «mantener el orden», sobre todo frente a los grupos yihadistas, la situación en Ucrania parece estancada, a pesar de la ayuda masiva concedida por los gobiernos occidentales al gobierno de Kiev y a pesar de las «sanciones» contra Moscú, que han penalizado sobre todo a las economías de la UE y de los países asimilados. El mundo de mañana no se parecerá en nada al de ayer. Estamos en medio de un cambio histórico, posiblemente más significativo que el colapso del bloque soviético entre 1989 y 1991.

La certeza de este cambio se combina con la incertidumbre sobre sus consecuencias a corto y medio plazo. Para formarnos una opinión razonada, muy a menudo nos falta información: por ejemplo, en lo que se refiere al conflicto de Ucrania, recibimos informaciones de lo más contradictorias. Para algunos, los rusos están al borde del colapso económico y de la crisis política: todo el mundo mediático se entusiasmó con el falso golpe de Estado de Prigogine y ya veía cómo el amo del Kremlin era expulsado de su trono. La contraofensiva de Kiev ha sido anunciada durante semanas, pero se nos insta a creer que el estancamiento de esta contraofensiva es la prueba de que está ganando puntos – de la misma manera que el frescor húmedo de gran parte del verano es la prueba de que teníamos razón al anunciar una ola de calor nunca antes vista….

Como no tengo intención de competir con los numerosos expertos que anuncian una cosa y su contraria con la misma seguridad y la misma actitud arrogante de «sabelotodo», me gustaría limitarme a determinar lo que podría guiar nuestros juicios para no quedarnos empantanados en el fango mediático y partidista. Mientras, por un lado, se nos llama a cerrar filas para «defender nuestros valores» (¡sobre todo nuestros valores!), por otro, se celebra la nueva alianza de los pueblos oprimidos, los del Sur, con Rusia y China, que van a librar al mundo de la tiranía del imperialismo americano y, se dice mezzo voce, de los «sionistas». Los nostálgicos del estalinismo, los que no han olvidado nada y no han aprendido nada, hacen su agosto. Putin sustituye a Lenin y Stalin, el ejército ruso sustituye al Ejército Rojo revolucionario, y la vieja mitología está a salvo.

El hundimiento de la Françafrique, facilitado en gran medida por la incompetencia total de los tres últimos presidentes y su desprecio por los africanos, es sin duda algo bueno. El neocolonialismo, que mantiene regímenes corruptos para garantizar los beneficios de unas pocas multinacionales francesas, debe ser totalmente erradicado. ¡Francia debería retirarse de África, tanto militar como económicamente, y adoptar el viejo lema atribuido erróneamente al periodista Raymond Cartier, «plutôt la Corrèze que le Zambèze»! (En realidad, fue el diputado de la Sección Francesa de la internacional Obrera Jean Montalat quien lo acuñó, en un discurso pronunciado en 1964). Esto significa que también debemos retirarnos de la llamada ayuda al desarrollo, que no es más que una forma de influir en los africanos para que adopten «nuestra» moral y «nuestros» conceptos de lo que es bueno. Esto no contradice en absoluto la firma de acuerdos comerciales e industriales bilaterales.

Pero, ¿debemos alegrarnos de un golpe militar en el que una camarilla vinculada a Francia es sustituida por una camarilla vinculada a Moscú? ¿Debemos alegrarnos de que el imperialismo francés acabe con la lengua francesa y con la transmisión cultural francesa? ¿Los mercenarios de Wagner, que no tienen ninguna consideración moral ni humanitaria, son mejores que los soldados franceses? ¡Nada es menos cierto! Las manifestaciones ante la embajada de Francia, organizadas por las fuerzas armadas, ¿son realmente manifestaciones populares, manifestaciones de un pueblo que reclama más justicia? Para entender lo que ocurre en África, hay que hacer el esfuerzo de comprender que no todos los pueblos de la tierra se organizan de la misma manera, que prácticas que nos parecen censurables, caso de la corrupción, pueden obedecer a reglas que desconocemos. Desde que la política africana cayó en manos de los partidarios de Bernard Kouchner, nuestra ignorancia ha aumentado profundamente, y el actual jefe de Estado francés (o al menos lo que ocupe su lugar) sólo sabe ir a África a dar lecciones y a irse de juerga por los clubes nocturnos de Kinshasa.

A la división entre Francia (y el mundo occidental en general) se ha sumado una brecha civilizacional: a los africanos les cuesta un poco entender nuestra propaganda gay friendly y trans. Pierre Legendre advertía: «Yo diría que, en términos auténticamente simbólicos, la ley pone en práctica la ternaridad(vínculos madre, padre, hijo), es decir, el Edipo». Esto es complicado, pero significa simplemente que no se puede crear un matrimonio homosexual y una filiación unisex o asexual, o incluso un «contrato de vida conyugal» sustitutivo para los homosexuales, sin destruir toda la construcción de la escala cultural. Como buen conocedor de África, anunció que el homosexualismo no podía ser un producto de exportación…

Mutatis mutandis, las mismas cuestiones se plantean cuando hablamos de las relaciones con China, India o incluso Rusia. Como colonialistas mal reciclados, los defensores de la «globalización» creen que el mundo entero se ajusta al modelo anglosajón o al ordo-liberalismo alemán. Nuestro amigo Jérôme Maucourant trabaja desde hace tiempo sobre el polimorfismo del capitalismo, y demuestra claramente que el hecho de que el capitalismo reine en China o en la India ¡no significa que los chinos o los indios sean empresarios americanos!

Debemos desconfiar de las expresiones que muestran a Occidente por un lado y al «Sur global» por otro. Occidente sigue fracturado en muchos aspectos: Estados Unidos frente a Europa, anglosajones frente a «continentalistas», Alemania frente a Francia… Hungría juega su propio juego, por no hablar de Japón y Australia, vinculados a «Occidente» pero cuyos intereses se sitúan en el «Sur global». Arabia Saudí y Turquía son rivales. Persisten fuertes tensiones entre India y China. Apoyan a los rusos en mayor o menor medida, pero piensan primero en sí mismos. Los Estados africanos se resignan cada vez menos a ser clientes de unos u otros.

Ayer denunciábamos el mundo unipolar, el «superimperialismo», la vieja ilusión óptica de Kautsky y de la mayoría de los «izquierdistas» actuales. Pero tenemos un mundo fragmentado y fuerzas que podrían desatarse fácilmente. El conflicto en Ucrania es, por el momento, un punto de fricción. Sabemos que Ucrania no puede ganar y Rusia no puede perder, si miramos las cosas objetivamente. O más bien, para que Rusia pierda, la OTAN tendría que sacar realmente todo su arsenal y entonces, si nos quedamos en la guerra convencional, volveremos al escenario de Napoleón o Hitler, de lo contrario sólo habrá perdedores y quizás incluso los supervivientes envidiarán a los muertos.

Traducción: Carlos X. Blanco